Retiro de Adviento
Joaquín Aguilar
“…en su nombre pondrán las naciones su esperanza”
– CRISTO, NUESTRA ESPERANZA
He aquí mi Siervo, a quien elegí, mi Amado, en quien mi alma se complace. Pondré mi Espíritu sobre él, y anunciará el juicio a las naciones. No disputará ni gritará, ni oirá nadie en las plazas su voz. La caña cascada no la quebrará, ni apagará la mecha humeante, hasta que lleve a la victoria el juicio: en su nombre pondrán las naciones su esperanza (Mateo 12,18-21; Cf. Is 42,1-4).
De todos es sabido que el hombre, el mundo, la sociedad, la historia…, caminan movidos por la esperanza. La esperanza hace avanzar, la desesperanza paraliza y la desesperación -grado extremo de la falta de esperanza- conduce a la autodestrucción. Esta esperanza encuentra una de sus concreciones en las pequeñas esperanzas de cada día en las que el hombre, el mundo, la sociedad buscan la consecución y satisfacción de pequeños anhelos y aspiraciones más o menos inmediatos: un trabajo, un coche, unas vacaciones, la curación de una enfermedad, un piso, contraer matrimonio, terminar una carrera, etc. En este sentido y bajo este aspecto, podríamos decir que el hombre de hoy tiene al alcance de su mano la posibilidad de ver satisfechas casi todas sus aspiraciones a corto y medio plazo. Hoy tenemos solución para casi todo y casi todo está en vías de solución: ciencia, tecnología, medicina, mecánica, bienestar, informática… Sin embargo el hombre no está satisfecho -¡no puede estar satisfecho!- porque teniendo solución para casi todo, cada día hay más cosas sin solucionar: guerras, hambre, injusticias, violencia, terrorismo, pobres, familias rotas, niños abandonados, abuso de menores, personas solas… Teniendo casi todo solucionado, el hombre de hoy no es más feliz, se siente vacío, nota que le falta algo, y vive sumido en la desilusión, el cansancio, el pesimismo…, la desesperanza. Podríamos decir con S. Pablo: …sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo (Rom 8,22-23), o sentir lo mismo que sintió Jesús, quien …al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor (Mt 9,36). Nosotros mismos, en mayor o menor grado, como dice S. Pablo, gemimos en nuestro interior y participamos de una u otra forma de ese abatimiento, de ese cansancio, de ese pesimismo, de esa desesperanza de nuestra sociedad: no tenemos vocaciones y no sabemos cuál será nuestro futuro, la sociedad está sumida en la increencia, la gente busca más un “consumismo religioso” que una vida de fe, la juventud vive de espaldas a la Iglesia y a Dios…
El hombre vive de esperanza, necesita tener esperanza; pero en la satisfacción de las esperanzas de cada día no ve cumplida su Esperanza. Ha llegado a alcanzar casi todo, a tener casi todo, a solucionar casi todo… y tiene la sensación de no tener casi nada. La razón de todo ello es sencilla: el hombre no necesita “cosas” sino una “Persona”; no necesita “algo” sino a “Alguien”; no necesita “soluciones” sino “salvación”: Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso (Mt 11,28).
El Adviento es ese tiempo de gracia que se nos da para que abramos nuestras puertas a la Esperanza, para que nos pongamos en camino hacia el que es nuestra Esperanza y viene a nuestro encuentro para colmarla: Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre (Cf. Hb 13,8); Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hechos 4,12); Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14,6). En el umbral del tercer milenio, el Papa hace una llamada a la Iglesia, invitando a todos los cristianos a renovar su esperanza con ocasión de celebrar los 2.000 años “de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Redención realizada por El”.
Cristo es el elegido, el Amado de Dios, objeto de su complacencia. Sobre El ha puesto su Espíritu y, en silencio, sin estridencias, en clave de debilidad y desde los débiles hará triunfar el derecho y la justicia. Por eso El es nuestra Esperanza. En El vemos cumplidos los más profundos anhelos y aspiraciones de nuestro corazón:
- El es la Verdad: Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo (Jn 1,17); Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6). El hombre de hoy se siente engañado, se ve rodeado de mentiras, no sabe a qué atenerse porque no encuentra valores permanentes. El hombre de hoy está hambriento de Verdad.
- En El encontramos nuestra verdadera Libertad: Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres (Jn 8,36); Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.» ( Jn 8,31-32). El mismo manifiesta que ha sido enviado para dar la libertad a los oprimidos (Lc 4,18). El es la Libertad: Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad (II Cor 3,17). La sociedad de hoy cree que Dios le quita la libertad, por eso cree que para ser libre tiene que alejarse de El…, y busca el camino de la libertad lejos de Dios. Es la historia del Hijo Pródigo que se repite una y otra vez; y como en la parábola, el hombre de hoy, lejos de Dios, solo encuentra esclavitud. Solamente regresando a la casa del Padre…
- El es la Vida: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6); y ha venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10,10); porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6,33); Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas (Jn 10,11). La resurrección de Lázaro (Jn 11,1-43); los muertos resucitan (Lc 7,22).
- El es el Camino: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14,6). En Cristo todo adquiere la dimensión de una persona: el evangelio, el cristianismo, la moral, el camino…, son una persona: Cristo.
- El es el Pan que sacia nuestra hambre y el manantial inagotable capaz de saciar toda nuestra sed: Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed (Jn 6,35); Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida (Jn 6,55). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva… pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.» (Jn 4,10.14); Jesús puesto en pie, gritó: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba» (Jn 7,37); …al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis (Ap 21,6). Multiplicación de los panes y de los peces (Mt 14,13-20 y par).
- El es la Luz del mundo: …luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel (Lc 2,32); La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9); Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8,12) Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas (Jn 12,46). Devuelve la vista a los ciegos (Mt 12,22; Mc 8,22; 10,46).
- El es nuestra Paz: Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad (Ef 2,14-16); Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo (Jn 14,27).
- El es el Hombre Nuevo: para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo (Ef 2,15), que revela al hombre su vocación y su verdadero rostro: revestíos del hombre nuevo (Col 3,10; GS 22).
Cristo es nuestra Esperanza porque en El somos elegidos y amados por Dios; revestidos de El somos hechos hombres nuevos; en El alcanzamos la verdad y somos hechos plenamente libres; El nos da la paz; El es nuestra luz; El nos da la vida. Por todo ello, Cristo es la Esperanza del mundo, y en este tiempo de gracia que es el Adviento, caminamos hacia Cristo, que viene a nuestro encuentro, con esperanza y desde la esperanza.
Vivir el Adviento no es hacerse un programa personal de vida como preparación a la Navidad. Vivir el Adviento es hacer de Cristo nuestro programa porque es El quien viene a buscarnos, y lo que a nosotros se nos pide es acogerle. María es el modelo de esta acogida esperanzada de Cristo. De su mano, desde el silencio y la escucha, desde la docilidad al Espíritu, vamos un primer momento de oración en la espera de Cristo que viene. En la contemplación de Cristo, nuestra Esperanza, pidamos a Dios que abra y disponga nuestro corazón para acoger, como María, sus promesas.
– UNA ESPERANZA ACTIVA
“La actitud fundamental de la esperanza, de una parte, mueve al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a su entera existencia y, de otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios…”. La esperanza conlleva, por su misma naturaleza, una actitud de receptividad y acogida, pero no de inactividad y brazos cruzados. Es verdad que Aquel a quien esperamos nos tiene que ser dado como un don gratuito, pero no es menos cierto que a nosotros nos corresponde ir a su encuentro, anhelarlo, buscarlo, acogerlo (Cf. Lc 1,26-38). La esperanza es siempre activa. En el umbral del Adviento, dejemos que Cristo, Luz del mundo, ilumine nuestras vidas para que descubramos la verdadera medida de la esperanza que nos mueve y empuja a ir a su encuentro, y la necesidad de conversión cuando esa esperanza flaquea o no está puesta en El.
- ¿Cómo vas de esperanza? ¿Eres optimista y alegre o pesimista y negativo/a? ¿De dónde te brota ese optimismo y alegría o ese pesimismo y negatividad? Concrétalo.
- ¿Crees de verdad que el Señor es la respuesta a todos los anhelos y ansiedades del hombre de hoy? La respuesta a esta pregunta eres tú misma, tu vida: ¿Viéndote a ti, tu talente, tu forma de vivir…, podría convencerse la gente de que, efectivamente, Dios es la respuesta a todos los anhelos y aspiraciones que tenemos?
- ¿Cómo influyen en tí los signos de desesperanza que hay en la sociedad y en la Iglesia? ¿En algún momento han hecho brotar dudas en tu corazón y tambalearse tu esperanza?
- Mirándote cómo eres día a día ¿dónde tienes puestas tus esperanzas? ¿Qué parte de tu corazón tiene puestas sus esperanzas en Dios y qué parte en las cosas, en lo material, en otras personas, en ti mismo/a? ¿Qué momentos, actuaciones y reacciones de tu vida son expresión de que tienes puesta tu esperanza en Dios, y cuales delatan tu falta de esperanza en El? ¿Qué haces, piensas, dices…, porque tienes puesta tu esperanza en el Señor, y no harías, dirías o pensarías si no esperaras en El? De otra forma, ¿si no tuvieras puesta tu esperanza en el Señor cómo sería de diferente tu vida? ¿Viéndote las personas que te rodean, se puede deducir, por tu forma de ser y de actuar, que toda tu esperanza es el Señor? ¿Qué personas, por su forma de ser y de actuar, te animan a tener puesta tu esperanza en el Señor, porque ves que ellas la tienen puesta en El?
- En este tiempo de Adviento ¿qué puedes hacer para que tu corazón se abra más a la esperanza en el Señor que viene a nuestro encuentro? Concrétalo. ¿En qué aspectos, parcelas, momentos…, de tu vida, debe notarse, en este Adviento, que tienes puesta tu esperanza en el Señor para que contagie a quienes tienes a tu alrededor? ¿Qué debes pedir al Señor que haga en ti, durante este Adviento, y qué debes y puedes hacer tú?
Al comienzo del retiro hablábamos de los síntomas de desesperanza y del vacío que hay en nuestra sociedad. Pero, si hemos de ser sinceros y objetivos, hemos de admitir que, junto a ellos, existen otros muchos signos de esperanza que en ningún caso debemos ignorar. Posiblemente, estos signos no sean tan llamativos, “rimbombantes”, espectaculares y noticiosos como los otros, pero, vistos con los ojos de la fe, son más abundantes que aquellos y evidencian que el Reino y la salvación de Dios por Cristo en el Espíritu es ya una feliz realidad entre nosotros, aunque desconcertante en multitud de ocasiones, oculta, ambigua a los ojos del mundo y en clave de cruz. El Papa, en su Carta Apostólica, hizo un primer esbozo de estos signos de esperanza presentes en nuestra sociedad, tanto en el ámbito civil como eclesial.
- ¿Cómo miras tú al mundo de hoy, desde la esperanza puesta en el Señor o desde el pesimismo y negatividad que flotan en el ambiente? ¿En tus conversaciones y forma de hablar contribuyes a que los demás miren la vida y los acontecimientos desde el Señor o desde la desesperanza ambiental? ¿Los cristianos, en general, somos personas esperanzadas; se nos nota que tenemos puesta nuestra esperanza en el Señor?
- ¿Por qué no haces, desde el Señor y mirando como Él mira, una lista de signos de esperanza que existen a tu alrededor, tanto en el ámbito civil como eclesial? Concreta esos signos en personas, fechas, grupos, lugares, acontecimientos…
El mundo necesita tener Esperanza, pero esa Esperanza sólo le llegará a través de personas esperanzadas que viven con otro talante, porque saben que el Señor ha salido a nuestro encuentro y le abren su corazón. Prepararse para la Navidad no es hacerse un programa de vida para poner en marcha durante este tiempo de Adviento, sino hacer del Señor Jesús nuestro único programa y la gran esperanza de nuestra vida para que el mundo crea que Jesucristo, es el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre (Cf. Hb 13,8); Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hechos 4,12).
