Cuaresma

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Cuaresma

Retiro de Cuaresma

Joaquín Aguilar

“Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados

– CONVERSION Y RECONCILIACION

Toda la vida de Jesús (por este Hijo), y en especial su muerte en cruz (… por su sangre…), ha tenido como cometido la redención, el perdón de los pecados, según el designio divino. La Cuaresma, como camino de preparación para el momento cumbre de nuestra redención, es una llamada a “la conversión («metanoia»), que es la condición preliminar para la reconciliación con Dios tanto de las personas como de las comunidades”

El término conversión significa cambio de vida. Tiene como momentos previos la conciencia de pecado y el arrepentimiento; como expresión, la reconciliación con Dios; como consecuencia, el cambio de vida. Pero todo este aparente “organigrama” es letra muerta si no lo situamos en su marco adecuado; en su origen, camino y meta: Dios.

El es quien llama a la conversión:

     No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores (Lc 5,32),

     Por eso, di a la casa de Israel: Así dice el Señor Yahveh: Convertíos, apartaos de vuestras basuras, de todas vuestras abominaciones apartad vuestro rostro (Ez 14,6),

     Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.» ( Mt 4,17);

El, quien nos convierte:

     Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación (II Cor 5,18),

     Al oír esto se tranquilizaron y glorificaron a Dios diciendo: «Así pues, también a los gentiles les ha dado Dios la conversión que lleva a la vida.» (Act 11,18),

     O ¿desprecias, tal vez, sus riquezas de bondad, de paciencia y de longanimidad, sin reconocer que esa bondad de Dios te impulsa a la conversión? (Rom 24),

     Y a un siervo del Señor no le conviene altercar, sino ser amable, con todos, pronto a enseñar, sufrido, y que corrija con mansedumbre a los adversarios, por si Dios les otorga la conversión que les haga conocer plenamente la verdad, y volver al buen sentido, librándose de los lazos del Diablo que los tiene cautivos, rendidos a su voluntad (II Tm 2,24-26);

y El, la meta de nuestra conversión:

     …sino que primero a los habitantes de Damasco, después a los de Jerusalén y por todo el país de Judea y también a los gentiles he predicado que se convirtieran y que se volvieran a Dios haciendo obras dignas de conversión (Act 26,20),

     Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro (Jl 2,12-18).

El lo es todo: Somos embajadores de Cristo, siendo Dios el que por medio nuestro os exhorta: os lo pedimos por Cristo: dejaos reconciliar con Dios (II Cor 5,20). Por eso lo fundamental de la conversión, lo realmente esencial y definitivo, no es de qué, sino a quien me he de convertir. “Lo personal” (Dios) es anterior y causa-origen-fuente de lo moral (Cf. Lc 19,1ss).

La conversión comienza por la conciencia y el reconocimiento de los propios pecados. Con relativa frecuencia oímos decir que hoy se está perdiendo la conciencia de pecado. ¿Se ha perdido la conciencia de pecado o lo que se ha perdido, en primer lugar, es la referencia a Dios, la relación con El, la experiencia de su amor, y por eso se está perdiendo la conciencia de pecado? El pecado no es un “asunto legal”: no es la referencia a una ley la que me hace descubrir la verdadera entraña de mi pecado; tampoco se descubre en referencia a uno mismo: yo sólo estoy incapacitado para descubrirlo. Solamente la relación personal, íntima, profunda, tierna, de amor con Dios me hace descubrirlo en su verdadera dimensión, sentido y gravedad.

El pecado hace su aparición en el marco de la relación de amor, de la alianza de Dios con el hombre, cuando el hombre es infiel a ese amor, a esa alianza. En el A. T. esa relación es presentada en términos esponsales. Solo en ese marco esponsal, de amor, y desde la persona amada, es posible tener conciencia de pecado. Por eso el pecado es revelación, no deducción lógica y racional. Por mí mismo, no sólo no puedo conocer mi pecado, sino que creo no tenerlo; y si lo descubro, culpo a los demás justificándome yo (Cf. Gen 3,9-14: Adán y Eva no sólo no reconocen su pecado, sino que culpan a los demás de su pecado). Mi pecado me tiene que ser revelado, me lo tienen que descubrir (II Sam 12,1-14): sólo mirando a Cristo (Lc 22,55-62) -amor de Dios-, al rostro de Cristo crucificado -amor de Dios hasta el extremo-, puedo descubrir y sentir mi pecado en todo su sentido y gravedad.

Pero no sólo es preocupante la pérdida de la conciencia de pecado; también debe preocuparnos un sentido de pecado “despersonalizado”, rutinario, cosificado, egocentrista, “autopreocupado”, al margen del amor, sin referencia a Alguien que me ama hasta el extremo. De cualquier forma, tanto la carencia de sentido del pecado como un sentido equivocado del mismo no son sino la expresión de la pérdida del sentido de Dios y la falta de experiencia de su amor.

Ante la proximidad de los días en que por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados, Dios, por medio de la Iglesia, nos llama a la conversión, a “purificarnos, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes”: “Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa…”. Pero sólo situándonos ante la mirada tierna y misericordiosa de Cristo crucificado, descubriremos nuestros pecados, nuestros “errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes”, y, como Pedro, movidos por la fuerza del amor que brota de esa mirada, lloraremos, arrepentidos, nuestros pecados y nos sentiremos empujados a la reconciliación con Dios y a la transformación de nuestras vidas por la conversión del corazón.

Sitúate ante Cristo crucificado, ante su mirada…, y mírale…, y déjate mirar. En el amor de esa mirada mírate a ti mismo/a y descúbrete cómo eres. No te detengas en tus pecados; vuelve a mirarle y deja que su mirada tierna, compasiva, comprensiva y misericordiosa te hable. Escúchale y déjate llevar. Deja que su voz te guíe y déjate guiar…; y arrepiéntete…; y déjate abrazar por su amor…; y pídele el don de la conversión.

– EXAMEN DE CONCIENCIA

Situado/a bajo la mirada de Cristo crucificado, descubre en ella y desde ella tus pecados. Haz un examen de conciencia; examínate a la luz de su mirada o, mejor dicho, deja que sea el Señor quien te “examine”.

De la mano del Papa, y sirviéndonos del examen que él ofrecía a la Iglesia universal, vamos a recorrer algunos aspectos de nuestra vida personal y eclesial en los que necesitamos una verdadera purificación, conversión y renovación.

COHERENCIA EN NUESTRA VIDA DE FE.

“Así es justo que, mientras el segundo Milenio del cristianismo llega a su fin, la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado de sus hijos recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo”.

  • ¿Qué formas de alejamiento “del espíritu de Cristo y de su Evangelio” se dan en tu vida: tibieza en la oración, falta de entusiasmo, tristeza, pesimismo, vida rutinaria, egoísmo, egocentrismo, acepción de personas, dureza de corazón, intransigencia, materialismo, apego a las cosas, cierta condescendencia con el espíritu y “algunos estilos” de este mundo, juicios y condenas, rencores, celos, envidias, falta de servicialidad y de disponibilidad…?

EL PECADO CONTRA LA UNIDAD.

“Entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por Dios para su Pueblo…”.

Es normal que haya diversidad de opiniones, de formas de ser, de formas de analizar la realidad… La unidad se refiere a lo esencial, a lo que hace falta para que la diversidad no sea motivo de división sino pluralismo que enriquece.

  • ¿Qué signos de división se dan en tu vida familiar, eclesial, pastoral (Damas y Caballeros): desconfianza, críticas “por detrás”, “grupitos conspiradores”, falta de diálogo o diálogo de sordos, ruptura de la comunión y de la fraternidad, “enemistades” más o menos manifiestas…?

“Sin embargo, somos todos conscientes de que el logro de esta meta no puede ser sólo fruto de esfuerzos humanos, aun siendo estos indispensables. La unidad, en definitiva, es un don del Espíritu Santo. A nosotros se nos pide secundar este don sin caer en ligerezas y reticencias al testimoniar la verdad…”.

  • ¿Eres dócil al don de la unidad que nos concede el Espíritu (Cf. I Cor 12,4-11) o buscas el protagonismo personal? ¿Buscas la unidad ofreciéndote oblativamente o la pretendes imponiendo tus criterios y puntos de vista? ¿Tu también opinas que si se hiciera lo que dices todo iría mejor? ¿Pides para ti, para la Iglesia, el don de la unidad?

LA INTOLERANCIA Y LA VIOLENCIA.

“Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad…//…Pero la consideración de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidiéndole reflejar plenamente la imagen de su Señor crucificado, testigo insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre…”.

  • ¿Aceptas de corazón a los demás como son, sin pretender cambiarlos en su identidad diferenciada? ¿Cómo te llevas con quienes piensan distinto de ti?
  • ¿Notas en tu interior síntomas o sentimientos de agresividad, de ira, de cierta violencia? Si tienes mal genio, ¿te has parado a pensar cuál es su raíz, de dónde brota?
  • ¿Cómo andas de paciencia, de mansedumbre, de humildad?

RESPONSABILIDAD EN LOS MALOS DE NUESTRO TIEMPO.

“A las puertas del nuevo Milenio los cristianos deben ponerse humildemente ante el Señor para interrogarse sobre las responsabilidades que ellos tienen también en relación a los males de nuestro tiempo”.

  • ¿Qué actitud adoptamos “ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera, o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia”? ¿O ante “la extendida pérdida del sentido trascendente de la existencia humana y el extravío en el campo ético…”?
  • ¿Acaso se puede negar “que la vida espiritual atraviesa en muchos cristianos un momento de incertidumbre que afecta no sólo a la vida moral, sino incluso a la oración y a la misma rectitud teologal de la fe”? ¿Y qué pensar de “la falta de discernimiento, que a veces llega a ser aprobación, de no pocos cristianos, frente a la violación de fundamentales derechos humanos…” y la “…corresponsabilidad de tantos cristianos en graves formas de injusticia y de marginación social”?
  • ¿Qué responsabilidad tenemos ante todos estos interrogantes que nos plantea el Papa para nuestro examen de conciencia? ¿Cómo contribuyen nuestros “errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes”, de forma misteriosa pero real, a la existencia de estas situaciones reseñadas, en nuestro entorno más inmediato?

Sigue situado/a ante Cristo crucificado, y háblale de todas estas cosas y situaciones. Pídele luz para descubrirlas, arrepentimiento para pedir perdón, perdón para experimentar el gozo de su salvación, y conversión para cambiar tu vida. Todo es un don, y como tal debes pedirlo porque sólo El puede dártelo. No apartes tu mirada de sus ojos porque en ellos verás y sentirás todo lo que el Señor quiere decirte.