El Año Litúrgico (I).
Joaquín Aguilar
INTRODUCCIÓN
El papa León XIV dedicó la catequesis del pasado día 12 de agosto al año litúrgico. En ella, citando la encíclica Mediator Dei, del Papa Pio XII, y refiriéndose al año litúrgico, decía “no es una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni un simple y desnude […] recuerdo de una edad pretérita; sino más bien [el año litúrgico] es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […] con el bondadosísimo fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y por ellos, en cierto modo, vivan; misterios que están presentes y obran constantemente”. Por lo tanto, el año litúrgico debe entenderse como constante actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los fieles llenarse de la gracia de la salvación (cf. Sacrosanctum Concilium, 102c). Y concluye: El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente.
Así nos describe el año litúrgico el Teólogo Bruno Forte, citando al Concilio y al Catecismo de la Iglesia Católica: un tiempo que transcurre entre el “ya” y el “todavía no”, entre la memoria y el anticipo, entre la primera y la segunda venida de Cristo. Es “el tiempo de la Iglesia, el «intervalo» de su venir de Dios y de su ir a Dios en las obras y en los días de la aventura humana”.
Por todo ello, he decidido ofreceros este curso, cada mes (de septiembre a junio), unas reflexiones, meditaciones, charlas, o como queráis llamarle, sobre el año litúrgico, deteniéndome, por supuesto, en la conmemoración de los acontecimientos centrales de nuestra Redención, pero también en otras celebraciones y solemnidades que tienen una incidencia especial en nuestra vida.
La espiritualidad cristiana tiene en el año litúrgico su fuente primordial. Ojalá que los temas que os propongo os ayuden a vivir la vocación cristiana acercándoos cada día más al Señor Jesús, y por El, en el Espíritu, al Padre.
1.- Témporas: UNA ESPIRITUALIDAD PARA EL CAMINO
– PETICION, PENITENCIA Y ACCION DE GRACIAS
Entre las dos venidas de Cristo, “toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacia la casa del Padre”. Cristo es el Gran Peregrino. El ha peregrinado primero hacia el Padre para mostrarnos el camino; mejor aún, para que peregrinemos en su misma peregrinación, “porque sólo El es el camino que nos conduce hacia ti, Dios invisible, la verdad que nos hace libres, la vida que nos colma de alegría”. Nuestro peregrinar, pues, pasa por nuestra configuración con Cristo; y nuestra configuración con Cristo conlleva el despojarnos del hombre viejo con sus obras (Col 3,9) crucificándolo con El (Cf. Rom 6,6). Así, dada nuestra condición de criaturas marcadas por la debilidad y el pecado, pero al mismo tiempo agraciadas por el don de la salvación realizada en Cristo (en esperanza fuimos salvados [Rom 8,24]), nuestro peregrinar es, desde la fe, un peregrinar entre la petición, la penitencia y la acción de gracias. A ellas nos invitan las Témporas que celebramos en los primeros días del mes de octubre.
Hago referencia a la fe porque sin ella el hombre no se sabe peregrino; no se sabe venido del Padre y destinado a El; no es consciente de su condición frágil y finita, y por lo tanto necesitada; no se siente regalado por el amor desbordante que Dios derrama en nuestros corazones; y no siendo sabedor de todo esto no experimenta la necesidad —no humillante sino gratificante— de pedir ayuda, de implorar misericordia, y de alabar y dar gracias. La fe, pues, nos sitúa en nuestro verdadero lugar, es decir, nos hace humildes, entendiendo por humildad —como decía Santa Teresa— “andar en verdad”. Y esta es nuestra verdad: que somos necesitados, que somos pecadores y que somos regalados.
Petición.
El hombre, en su condición de criatura, es un ser necesitado, y, como tal, necesita pedir. Ello no supone ninguna humillación, ignominia o servilismo. El mismo Hijo de Dios ha asumido nuestra condición humana haciéndose necesitado como nosotros, y ha pedido…, y nos ha enseñado a pedir, porque Dios es un Padre que nos ama entrañablemente. Por eso, Jesús invita insistentemente a sus discípulos —y a nosotros— a la oración de petición: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá (Mt 7,7-8); Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis (Jn 15,7); Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado (Jn 16,24).
- Debemos pedir con confianza, porque el Padre nos escuchará y nos dará lo mejor para nosotros: Os aseguro también que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,19-20); Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! (Mt 7,11).
- La oración de petición no debe ser utilizada para satisfacer nuestro egoísmo. En ese caso, Dios no nos da lo que le pedimos: No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones (St 2,2-3). Tampoco Dios nos da nada, si lo que pretendemos con la oración de petición es cruzarnos nosotros de brazos: …Que, si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mt 6,9-15).
- Jesús no sólo nos dijo que debíamos pedir; también nos dijo lo que debíamos pedir: Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo… (Mt 6,9ss). En una de estas peticiones, la de no caer en tentación, hizo especial hincapié en algunas otras ocasiones: Salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: «Pedid que no caigáis en tentación» (Lc 22,39-40); Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt 26,41); «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31-32).
- Finalmente, Jesús nos enseñó que la oración de petición por excelencia no consiste en pedir a Dios que nos dé lo que queremos, sino en aceptar nosotros lo que Dios quiera darnos: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22,42).
Penitencia.
Una de las mayores indigencias que padece el hombre proviene de su condición pecadora. De ahí nace su necesidad mayor: pedir perdón. La Sagrada Escritura, a través de multitud de personajes, conocidos o anónimos, nos muestra y describe la espiritualidad del hombre que, sabiéndose y reconociéndose pecador, implora la misericordia divina. Porque el hombre no está destinado a vivir en permanente situación de pecado, que siete veces cae el justo, pero se levanta (Pr 24,16); el hombre está llamado a vivir junto a Dios, en quien tiene su plenitud y su verdadera vida: Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio (Sal 72,28); de ahí que, dada su condición pecadora, deba implorar el perdón y la misericordia divina. Vamos a detenernos brevemente en el Salmo 50 para desgranar esta espiritualidad.
- Pedir perdón es, en primer lugar, reconocer que somos pecadores.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
Más aún, pedir perdón es reconocer que el pecado está entrañado en nosotros, es decir, que estamos empecatados (Cf. Rom 7,15-23).
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
- Pedir perdón es implorar la misericordia de Dios apelando a su bondad y compasión, no a nuestros méritos. Dios no tiene ninguna “obligación” de perdonarnos; si lo hace es por pura gracia.
Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión…
Sin embargo, la petición de perdón exige de nosotros algo más que la súplica puntual de misericordia para nuestros pecados. A nosotros se nos pide vivir en actitud de “dolor” y de arrepentimiento, haciendo de ello una ofrenda permanente a Dios.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.
- El perdón que pedimos, y que Dios nos da, no consiste en olvidar nuestros pecados sino en borrarlos, en desaparecerlos, en “inexistirlos”.
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
- Por eso, ser perdonados es ser hechos hombres nuevos, criaturas nuevas, un nuevo nacimiento.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
Acción de gracias.
La acción de gracias es consecuencia y fruto de las dos actitudes anteriores. Quien reconoce que todo le ha sido dado no puede por menos que dar gracias. El hombre de fe es por naturaleza agradecido porque se siente regalado, agraciado, mimado, amado. “Somos una deuda de amor, una hipoteca inteligente y andante. Nos debemos. Nuestro nombre es gracias”.
Toda la sagrada Escritura, Palabra de Dios, pero al mismo tiempo palabra de un pueblo y una comunidad de fe, es una llamada a la acción de gracias. Los cánticos y oraciones del AT, los salmos y las invitaciones de los profetas son un claro exponente de esta llamada. En el NT, Jesús da gracias al Padre porque ha revelado los misterios del Reino a los sencillos (Mt 11,25-26), y porque le ha escuchado (Jn 11,41-42); pero, sobre todo, le da gracias en la última Cena, al tomar el pan y el vino. También Pablo exhorta insistentemente a las comunidades a que vivan en una acción de gracias permanente: todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre (Col 3,17); En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros (I Ts 5,18); Vivid, pues, según Cristo Jesús, el Señor, tal como le habéis recibido; enraizados y edificados en él; apoyados en la fe, tal como se os enseñó, rebosando en acción de gracias (Col 2,6-7); Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias (Col 4,2).
La acción de gracias no es algo accidental u ocasional en nuestra vida, sino que hunde sus raíces en lo más profundo de nosotros mismos creando una nueva forma de ser y de estar. No se trata de dar gracias alguna o muchas veces, sino de ser una acción de gracias viviente.
En actitud orante, sitúate ante el Señor, y, desde la humildad de tu condición de criatura, suplícale que te llene de su Espíritu para que te conceda el don de la petición, de la penitencia y de la acción de gracias. Después, mírate a ti mismo/a bajo su luz: tu persona, tu vida, tu historia, tus trabajos…; y poniendo de nuevo tus ojos en el Señor, pídele, implora su misericordia y dale gracias.
– DESPOJAOS DEL HOMBRE VIEJO
De la petición, penitencia y acción de gracias, nacidas de esa mirada creyente sobre nosotros mismos, surge un hombre nuevo que adopta actitudes nuevas. Pedir, pedir perdón y dar gracias no son acciones puntuales que salpican circunstancialmente nuestra vida; son manifestación de una nueva vida, y origen de un nuevo talante y una nueva forma de ser y de situarse ante Dios, ante uno mismo y ante los demás.
- De la oración de petición brota una nueva forma de ser, propia de quien se sabe regalado, “hipoteca andante”, en deuda. Una persona así, que vive la oración de petición como algo que atraviesa todo su ser, no da cabida al orgullo, a la vanagloria, a la soberbia, a la autosuficiencia, a la intransigencia, al menosprecio.
- ¿Haces oración de petición? ¿Qué pides en ella al Señor?
- ¿Tus actitudes internas son las de quien sabe que está necesitado/a, que todo él es una necesidad y que, por lo tanto, no se pertenece? ¿Eres consciente de que todo/a tú eres un don, que todo/a tú has sido dado/a? ¿Eres humilde, es decir, “andas en verdad” como decía Santa Teresa? ¿Por dónde afloran el orgullo, la soberbia y la vanidad en tu vida? El orgullo, la soberbia y la vanidad tienen siempre, consciente o inconscientemente, un trasfondo de seguridad en sí mismo, de autosuficiencia, de “soberanía” personal. ¿En qué están fundamentadas tus manifestaciones de soberbia, orgullo y vanidad: creerte superior, creerte mejor…? Descúbrelo y concrétalo.
- Saberse necesitado conduce a pedir…, no sólo a Dios sino también a los demás. ¿Tienes humildad suficiente —verte y creerte necesitado/a— como para pedir ayuda a los demás? Mayor felicidad hay en dar que en recibir (Act 20,35). ¿Tu orgullo se manifiesta también en no “rebajarte” para pedir? ¿Cómo crees que te ven los demás: necesitado/a o autosuficiente?
- ¿Estás siempre disponible para dar y darte a los demás? ¿Eres orgulloso/a para dar: necesitas que te lo pidan? ¿Comprendes y aceptas las necesidades y fragilidades de los demás? ¿Eres intransigente con los demás?
- Un camino excepcional de humildad, es decir, de aceptar lo que en verdad somos, es el de pedir perdón. Pedir perdón supone, decíamos, no sólo el acto puntual de la petición sino la actitud vivencial de saberse pecador. Quien vive así adopta —debe adoptar— en su vida actitudes de mansedumbre y pequeñez personal, y de paciencia, comprensión y perdón para los demás: Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros (Col 3,12-13); Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo (Ef 4,32).
- ¿Te sientes pecador/a en el día a día? ¿Te sientes bueno/a —no del todo, porque sería demasiada presunción, pero sí mejor que los demás—? ¿Qué actitudes y comportamientos de tu vida están en consonancia con tu ser pecador/a, y cuales están en contradicción? ¿Cómo vives el sacramento del perdón?
- ¿Qué incidencias concretas tiene o qué incidencias debería tener, en tus relaciones con los demás, el sentirte pecador/a reincidente y a la vez perdonado/a? ¿Cómo miras los pecados, tropiezos y debilidades de los demás: con una mirada comprensiva y misericordiosa o con dureza de corazón? ¿Miras los pecados de los demás desde tus propios pecados, comprendiéndoles? ¿Miras los pecados de los demás desde la misericordia que Dios tiene contigo, perdonándoles?
- ¿Juzgas y condenas a los demás con tus críticas y murmuraciones? ¿Qué es más importante para ti, las personas o lo que ellas hacen?
¿Disculpas ante los demás los defectos y debilidades del prójimo?
- ¿Perdonas a los demás lo que Dios ya ha perdonado en ellos? ¿Cómo influye en tu opinión y valoración de las personas algún pecado o tropiezo del pasado, del que tal vez ya se arrepintió y pidió perdón en el sacramento de la confesión, pero que a tus ojos permanece vivo, actual e inolvidable?
¿Perdonas a los demás, de corazón, las ofensas que te han hecho? ¿Esperas a que te pidan perdón o te adelantas a perdonar y reconciliarte?
Perdonar no es fácil y frecuentemente está fuera de toda lógica. ¿Dónde te apoyas, en qué “razones” te basas, de dónde sacas fuerzas para perdonar?
- ¿Pides perdón cuando has ofendido a alguien, independientemente de que tengas o no la razón?
- Inconscientemente identificamos la acción de gracias con la alegría, pero sabemos que el agradecimiento sólo se da en quien es consciente de que lo que tiene le ha sido dado. El estar y ser necesitados no es, pues, ninguna humillación sino fuente de alegría, gozo y plenitud.
- ¿Cómo vives tu agradecimiento al Señor? ¿Cuántas veces le das gracias? ¿Por qué cosas le das gracias? ¿Por qué cosas deberías darle gracias y no lo haces? Concrétalas.
¿Agradeces también al Señor las cosas que no entiendes: las cruces, las incomprensiones, las contrariedades, las adversidades…?
- ¿De qué cosas te sientes dueño/a, señor/a y propietario/a, y por lo tanto no tienes necesidad de agradecerlas? ¿Qué cosas o rasgos de tu vida consideras que has conseguido con tu esfuerzo personal, y por lo tanto no sientes la necesidad de dar gracias?
- ¿Eres agradecido/a con los demás, no sólo en las cosas grandes y significativas, sino en los pequeños e insignificantes detalles que tienen contigo? ¿Das gracias a Dios por los demás, que son un regalo suyo?
- Viéndote bajo la mirada del Señor, ¿crees que deberías llamarte Gracias?
Viendo así tu persona y tu vida a la luz del Señor y desde su mirada, al igual que en la primera parte, convierte tu reflexión de esta tarde en una gran y profunda oración de petición, de súplica de perdón y de acción de gracias. Pídele que esa petición, esa súplica de perdón y esa acción de gracias sean en ti un talante y un estilo; el talante y el estilo de quienes peregrinamos por este mundo a la casa del Padre.
