La Eucaristía

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Eucaristía

La Eucaristía.
Fuente, centro y meta de nuestra vida.

Joaquín Aquilar

En cierta ocasión, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? (Lc 12, 28). A primera vista puede parecer chocante que un escriba hiciera semejante pregunta a Jesús. Es verdad que los judíos tenían que cumplir 613 mandamientos, pero, en el caso de un escriba, no hay ninguna duda de que los conocía todos. Pero el escriba buscaba algo más: ¿entre los 613 mandamientos hay uno que es el principal y primero; hay uno que es el más importante; hay uno sin el cual los restantes mandamientos no tienen consistencia?

Para vivir la vocación cristiana hay que cumplir también muchos mandamientos, normas, preceptos, actos de piedad, … Y podemos preguntarnos: pero, entre todo eso, ¿qué es lo principal y primero? ¿Hay algo sin lo cual todo eso no sirve de nada?

La respuesta no es “algo”, sino “Alguien”: Cristo. Él es la fuente, el centro y la meta de nuestra vida: tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios? Jesús les respondió: La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado (Jn 6,28-29). Y Pablo dirá: para mí la vida es Cristo (Flp 1,21); por eso no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20).

En definitiva, “El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones”. Pero sería un error que estos textos bíblicos dirigieran nuestra mirada al pasado. Ciertamente, el misterio de la Encarnación ocurrió en un determinado momento del pasado, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva (Gal 2,4-5), pero no ha pasado porque sigue vivo y operante en un “hoy” permanente. En la Eucaristía, el Misterio de la Encarnación está actual, en un “hoy” permanente, para que tú y yo podamos vivir, hoy, la misma experiencia que vivió Pablo. “La participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de la Nueva Alianza, es el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de vida «eterna», principio y fuerza del don total de sí mismo, del cual Jesús —según el testimonio dado por Pablo— manda hacer memoria en la celebración y en la vida: «Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga»”.

De esta manera, la Eucaristía, el decir, Cristo hoy, constituye, la fuente, el centro y la menta de la vida cristiana.

Uno de los actos importantes y frecuentes, tanto de la Asociación de Caballeros como la de Damas, es la celebración mensual de la Eucaristía, que, unida a la celebración dominical de la comunidad cristiana, pretende estar en el centro de nuestra existencia.

Esto me ha movido a ofreceros cada mes de este curso unas reflexiones, meditaciones, charlas o como quiera llamarle cada uno, con la esperanza de que nos ayuden a todos a vivir la Eucaristía; a hacer de ella la fuente, el centro y la meta de nuestra vida; a configurarnos progresivamente con Cristo hasta poder decir con Pablo: es Cristo quien vive en mí.

1.- EN EL NOMBRE DEL SEÑOR

– EN EL NOMBRE DEL PADRE…

“En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo…”; y al tiempo que pronunciamos estas palabras hacemos, con la mano, la señal de la cruz desde la frente a la cintura y desde el hombro izquierdo al derecho. Así iniciamos la celebración eucarística. Este sencillo gesto, a primera vista intrascendente, encierra un significado tan hondo que por sí mismo está definiendo y manifestando el talante, la actitud, la opción y la orientación fundamental de la persona que lo realiza.

  • La invocación hace referencia directa y explícita a la Trinidad. Comenzar en su nombre, invocándola como Padre, Hijo y Espíritu Santo, es expresión y confesión de nuestra fe en ella.
  • La señal de la cruz trazada al tiempo que se invoca a las tres personas de la Trinidad trasciende el ámbito meramente cristológico convirtiéndose en un verdadero compendio de la economía y de la historia de la Salvación: no sólo el Hijo, también el Padre y el Espíritu Santo tienen que ver con lo que simboliza la cruz. El Padre manifiesta y “ejerce”, en el don del Verbo Encarnado, su amor salvífico y misericordioso por el hombre, creado a su imagen y semejanza, pero desfigurado por el pecado. Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16); En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (I Jn 4,9). Cristo, Verbo Encarnado, es enviado por el Padre, no sólo para anunciar sino para visibilizar, actualizar, “ejercer”, hacer realidad, ser… su amor salvífico, realizando la obra de nuestra redención y cumpliendo así todas sus promesas (Cf. Lc 4,16-21: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy»). Ese amor salvífico del Padre, manifestado en Cristo, tiene su máxima expresión en Cristo crucificado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15,13); …habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13,1); La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Rom 5,8). El Espíritu Santo universaliza, interioriza y personaliza este Don del Padre, que es su Hijo, haciendo que su amor misericordioso llegue a todo hombre y sea parte de su propia experiencia y vida personal.

De esta forma, el signo de la cruz trazado sobre uno mismo al tiempo que se invoca a las tres personas de la Santísima Trinidad, se convierte en un gesto que pretende manifestar la acogida por nuestra parte de los “frutos” que brotan de esa cruz, nuestra incorporación y configuración con el Crucificado (Gal 2,19-20), el sentirnos envueltos, abrazados, poseídos y desbordados —no agobiados— por el Misterio Trinitario. No en vano la cruz es la “señal” del cristiano, y hacer la señal de la cruz, expresión y testimonio de nuestra identidad y pertenencia a Cristo, y por Cristo en el Espíritu, al Padre.

  • Decir “en el nombre del Padre…” significa también que, tanto la convocatoria como el acto al que se convoca, son de total iniciativa de Dios. No somos nosotros quienes, inicialmente, tomamos la decisión de ir a la celebración. Es el Señor quien nos llama (el toque de campana es signo de esa convocatoria y no un mero indicativo horario), y nosotros respondemos. Tampoco somos nosotros los que vamos a “hacer algo” en la celebración. Es Dios quien hace por y para nosotros. El es el verdadero protagonista.
  • Junto al protagonismo de Dios, la invocación inicial expresa nuestra acogida, aceptación y docilidad a esa iniciativa. Reconocemos que no estamos allí ni actuamos por nuestra cuenta sino por mandato suyo (Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! [II Cor 5,20]; Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: En nombre de Jesucristo, el Nazoreo, echa a andar» (Act 3,6); Cansado Pablo, se volvió y dijo al espíritu: «En nombre de Jesucristo te mando que salgas de ella» Y en el mismo instante salió [Act 16,18]; Y colocándolos en medio les preguntaban: «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?» Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos, puesto que con motivo de una obra buena realizada en un enfermo se nos interroga hoy por quién ha sido éste curado, sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo, el Nazoreo, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros… » [Act 4,7-10]). El nos ha convocado y nosotros hemos respondido afirmativamente. Lo que vamos a celebrar es lo que El hace por y para nosotros; y nosotros venimos a acoger, a recibir, a dejarnos hacer.
  • Consiguientemente, la invocación expresa también confianza en Aquel o Aquellos en cuyo nombre nos reunimos; una confianza que se traduce en abandono, en entrega, en puesta a su servicio.
  • Si la iniciativa es de Dios, si el don es suyo, nuestra presencia, acogida, celebración y respuesta posterior es para dar gracias, y para gloria y alabanza suya: Todo cuanto hagáis, de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3,17). “En el nombre del Padre…” significa también acción de gracias y alabanza.
  • También es signo de protección, amparo y bendición. En la Biblia, invocar el nombre de alguien sobre otro significa ponerlo bajo su protección, y eso es lo que estamos declarando al decir que estamos allí “en su nombre”. Tú estás en medio de nosotros, Señor; tu nombre ha sido invocado sobre nosotros: no nos abandones, Señor, Dios nuestro (Jer 14,9); Escucha, Señor, nuestra oración y nuestra súplica, líbranos por ti mismo, y haz que hallemos gracia a los ojos de los que nos deportaron, para que sepa toda la tierra que tú eres el Señor Dios nuestro y que tu Nombre se invoca sobre Israel y sobre su raza (Ba 2,14-15); Que invoquen así mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré (Num 6,27).
  • Pero, además, y no porque el signo lo exprese en sí mismo sino porque el Señor nos lo dijo, proclamar que nos hemos reunido en el nombre del Señor es reconocer que está presente en nuestra reunión, porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18,20). El Señor está realmente con nosotros.

Lo que a primera vista parecía un signo intrascendente ha resultado ser una profesión de fe, el testimonio de nuestra identidad personal y eclesial-comunitaria, una proclamación de las maravillas realizadas por la Trinidad en favor de los hombres, el reconocimiento y la confesión de la presencia salvífica y amorosa de Cristo entre nosotros, un canto de alabanza y acción de gracias… Esta riqueza de significado y de contenido es la razón por la que la invocación a la Trinidad hecha al mismo tiempo que se traza la señal de la cruz, sea un gesto que se repite a lo largo y ancho de la vida de un cristiano: al levantarnos, al salir a la calle, al iniciar un trabajo, al comienzo de nuestras reuniones, al entrar en el templo, al comenzar un momento de oración, al acercarnos a recibir el perdón de los pecados, al recibir la absolución, al recibir una bendición, ante una buena noticia, ante la muerte, antes de comer, al iniciar un viaje, en momentos de incertidumbre, ante los peligros, antes de acostarnos… Todo lo hacemos “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” dando a entender que la Trinidad abarca e impregna toda nuestra vida.

Sin embargo, ¡qué distraídamente realizamos este gesto! ¡Cuán ajenos estamos a lo que significa, expresa y realiza! ¡Qué fácilmente caemos en la rutina y la monotonía! No podemos realizar mecánica e inconscientemente algo tan hermoso como hacer la señal de la cruz en el nombre de la Trinidad. No podemos perdernos, no ya lo que el gesto simboliza sino lo que realiza y actualiza en nosotros. Andamos por la vida buscando ansiosamente a Dios y anhelando su amor, y, ciegos de nosotros, no nos damos cuenta de que está a nuestro lado.

Haz el signo de la cruz invocando a la Trinidad y sintiendo la presencia del Padre en su Hijo Jesucristo por el Espíritu. Gusta y saborea esa presencia y acción de la Trinidad en ti al realizar este gesto. Déjate invadir, desbordar…, amar…

Ilumina también tu vida desde el Señor y pídele que te ayude a tomar conciencia de tu ignorancia y ceguera, de tus distracciones y rutina al invocarle realizando el signo de la cruz. Pídele que abra los ojos de tu corazón para que, en el futuro, especialmente al comenzar la celebración eucarística pero también en cualquier otra circunstancia, seas consciente de lo que dices y de lo que el Señor hace en ti y en los demás cuando, trazando la señal de la cruz desde la frente a la cintura y desde el hombro izquierdo al derecho, decimos: “En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Pídele que el signo de la cruz unido a la invocación de la Trinidad te ayude a sentir que toda tu vida está llena de su presencia y compañía.

– LA GRACIA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO…

A lo largo de la celebración eucarística el sacerdote mantiene repetidas veces un breve diálogo con la asamblea mediante fórmulas que varían ligeramente —“La gracia de nuestro Señor…”; “El Señor esté…”; “La paz del Señor…”—, y que son siempre respondidas con la misma afirmación: “Y con tu espíritu”. No se trata de un diálogo protocolario o ritualista. Cuando el sacerdote se dirige a la asamblea con el saludo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo…” o “El Señor esté con vosotros”, está haciendo algo más que manifestar un deseo. Por un lado está implorando la gracia de Dios para todos los presentes; está pidiendo a Dios que se les dé como don en su Hijo Jesucristo por el Espíritu; que habite en ellos colmando con su presencia amorosa sus personas y sus vidas, Porque en él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y vosotros alcanzáis la plenitud en él, que es la cabeza de todo principado y de toda potestad (Col 2,9-10). Pero, por otro lado, lo está afirmando: ¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (I Cor 3,16); Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14,23); «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Si el gesto inicial de la invocación trinitaria al tiempo que se hace la señal de la cruz ya expresa la convicción de la presencia del Señor en la reunión eucarística (Cf. Mt 18,20), este saludo del sacerdote (“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros”) suplica y declara esa presencia en lo más íntimo de cada persona y de la comunidad.

La respuesta de la asamblea es algo más que una cortés devolución: “Y contigo”. El “Y con tu espíritu” es la afirmación y proclamación, por parte de la comunidad —llena de la presencia de Dios—, de la presencia activa del Espíritu en la persona del celebrante; presencia de la que tiene particular necesidad para la celebración litúrgica que preside, ya que en ella nada hace por sí mismo sino que es la gracia del Espíritu la que realiza sola este sacrificio místico, aunque, ciertamente, por medio de él.

El diálogo es, pues, la petición, afirmación, reconocimiento, proclamación y confesión de la presencia de Dios y de su Espíritu en la asamblea, como pueblo sacerdotal, y en el sacerdote, como ministro representante de Cristo Cabeza y Pastor. Sin esta presencia y acción del Espíritu no sería posible la celebración como actualización y actuación de la obra salvífica de Dios en Cristo. Por eso el referido diálogo tiene lugar en aquellos momentos de la celebración en que se hace realidad una especial presencia de Cristo. En esos momentos es necesario recordar y afirmar la presencia de Dios y del Espíritu en la asamblea y en el celebrante, porque es el Espíritu quien, presente en la Iglesia y actuando a través de la persona del sacerdote, actualiza la presencia de Cristo entre nosotros. Esos momentos son:

  • El comienzo de la celebración, porque la Eucaristía es la actualización de la obra salvífica de Cristo.
  • Antes de la proclamación del evangelio, porque Cristo está realmente presente en la Palabra.
  • En el Prefacio, que es la introducción de la Plegaria Eucarística, donde tiene lugar el memorial de la Ultima Cena, haciéndose presente Cristo en las especias del pan y del vino.
  • En el momento de la paz. Es Cristo quien nos da la paz, más aún, El es nuestra paz (Ef 2,14), y se nos da como paz para que la compartamos entre nosotros y así nos dispongamos a recibirle en la comunión. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda (Mt 5, 23-24).
  • Antes de la bendición final, que es la bendición que, por medio del sacerdote, el Padre nos da en su Hijo Jesucristo por el Espíritu Santo, ya que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales (Ef 1,3). Cristo es, pues, nuestra bendición.

También aquí hemos de reconocer que las distracciones nos impiden ser mínimamente conscientes de cuanto acontece en nosotros y a nuestro alrededor. Ciertamente el Misterio nos desborda y no podemos comprenderlo, pero sí podemos y debemos abandonarnos a él, experimentarlo, dejarnos cubrir y envolver por él (Cf. Lc 1,38). Aunque nosotros no seamos conscientes de ello, en la Eucaristía el Señor nos invade, nos llena, nos plenifica. Algo grande hace el Señor en nosotros, y nosotros no nos damos cuenta; nos lo perdemos la mayoría de las veces. Pero El sigue ahí, amándonos hasta el extremo, salvándonos, perdonándonos. Algo tan maravilloso no lo podemos ignorar. Y no se trata de pretender entender sino de gozar sabiendo que El está aunque no sintamos físicamente su presencia, aunque no nos la expliquemos, aunque no la comprendamos. María tampoco entendía, pero guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón (Lc 2,19). Cuando uno celebra la Eucaristía y piensa que el Señor está ciertamente en él y que el Espíritu le invade, experimenta la propia pequeñez y la grandeza de Dios sintiéndose totalmente desbordado y reconociendo que la única actitud válida y posible es la postración, la adoración, el abandono y el silencio.

Pero una experiencia de esta “magnitud” no puede, coherentemente, terminar con la celebración litúrgica. Por un lado, quien se ha experimentado a sí mismo en la Eucaristía lleno de la presencia amorosa y salvífica de Dios y de su Espíritu, no puede después ser y actuar como si nada hubiese ocurrido; debe actuar como una persona nueva, porque lo es (Cf. Ex 34,29). Por otro lado, quienes han sido desbordados y poseídos en la Eucaristía por la presencia amorosa y salvífica de Dios y de su Espíritu, no pueden ser tratados de cualquier forma, no pueden ser despreciados y ultrajados, porque su dignidad proviene de Dios. Desde la Eucaristía y por la Eucaristía todo adquiere una nueva dimensión y profundidad. La vida ya no puede ser vivida igual.

Contemplando la grandeza de este don que el Señor nos hace en cada Eucaristía y que nosotros reconocemos —aunque no nos demos cuenta de ello— en cada uno de los cinco diálogos que mantenemos con el sacerdote, respondiendo: “Y con tu espíritu”, alégrate y gózate en El dándole gracias porque nos hace partícipes de tan gran regalo. Pídele ser cada día más consciente, en la celebración eucarística, de su presencia en ti y en todos cuantos en ella participan; y pídele también sentir esa presencia más allá del estricto marco de la Eucaristía.