La Eucaristía II

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Perdón

La Eucaristía (2).

Joaquín Aguilar

– SEÑOR, TEN PIEDAD

– RECONOZCAMOS NUESTROS PECADOS

La primera invitación que nos hace el sacerdote al comenzar la Eucaristía, es a que reconozcamos nuestros pecados. Decíamos en el capítulo anterior que a la Eucaristía somos convocados; que es el Señor quien nos llama, más aún, el Señor sale a buscarnos. El pasaje de los discípulos de Emaús es enormemente aleccionador al respecto (Lc 24,13-35).

Dos discípulos de Jesús caminan juntos de regreso a casa. Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado (vv. 13-14). Andan cabizbajos, tristes, desilusionados, rotos. No es para menos teniendo en cuenta lo que les ha ocurrido en los últimos días. Hace unos años dejaron sus casas y sus trabajos para seguir a un extraño que les cautivó. Sus palabras tenían una fuerza y autoridad desconocidas; su mensaje hablaba de amor, de perdón, de paz, de reconciliación; su persona era amor, perdón, paz, confianza; su forma de orar… ¡cómo oraba…!, y les enseñó a orar llamando a Dios: Padre; los signos y prodigios que realizaba anunciaban realmente unos tiempos nuevos. Aquel extraño les había cautivado y lo siguieron. Con El descubrieron que en la vida monótona de cada día se esconde algo nuevo, algo hermoso. Con El cambiaron sus vidas. Pero había muerto. Todas sus ilusiones, esperanzas, proyectos… habían quedado en nada. El mundo se les había venido encima. Lo habían perdido y se habían perdido a sí mismos, y así regresaban a sus casas…: perdidos.

Algo parecido nos sucede a nosotros. ¿Acaso no andamos muchas veces perdidos? ¿Acaso no le hemos perdido a El en más de una ocasión? Eso es el pecado: perder al Señor y andar perdidos, y encima estar ciegos para ver y reconocer que somos nosotros quienes le hemos perdido. Por eso el sacerdote nos invita no sólo a “ver” sino a “reconocer” nuestros pecados, nuestras “pérdidas”.

  • Perdemos al Señor cuando, como los de Emaús, hemos perdido la ilusión, la alegría, la fe… Sí, la fe. Los cristianos perdemos la fe cuando dejamos de mirar a las personas, los acontecimientos, la vida de cada día…, desde Dios. Cuando actuamos, pensamos y razonamos con criterios puramente humanos. Cuando, movidos por sentimientos terrenos, somos duros y despiadados con los demás, especialmente con los más cercanos. Cuando dejamos que anide en nosotros el orgullo y la vanidad, y desde ellos reaccionamos ante los demás. Cuando nuestras posturas intransigentes y nuestros criterios cerrados no esconden sino intereses personales y egoístas. Cuando juzgamos y condenamos a los demás. Cuando nos dejamos llevar por el pesimismo y la negatividad. Cuando no miramos la vida con esperanza… En todos esos casos no actuamos desde la fe; no miramos las cosas como El las mira; no nos acabamos de creer que, en el Señor, todo está en buenas manos. En todos estos casos hemos perdido al Señor, y ¡qué perdidos andamos nosotros!
  • Si nos fijamos en la alegría y la ilusión, ¡cuántas ilusiones hemos perdido a lo largo de nuestra vida! ¿Dónde queda el entusiasmo de aquellos años que tú sabes? Posiblemente, en algún momento de tu vida llegaste a creer que eras la persona más afortunada del mundo; y creías lo de la servicialidad, la generosidad, la abnegación, el perdón, la comprensión… Incluso llegaste a abrazar con gozo la cruz de la incomprensión, de las críticas infundadas, de la vida callada y oculta… Pero casi sin darnos cuenta aquellos sueños se han ido esfumando y nos hemos convertido en personas preocupadas, agobiadas, quejosas, incluso malhumoradas y gruñonas; y vamos por la vida como autómatas, con los brazos caídos, cabizbajos, como los dos de Emaús, faltos de “color” y “sabor”. Sin darnos cuenta hemos perdido al Señor, y lo seguimos perdiendo cuando hacemos las cosas por rutina, sin entusiasmo; cuando no estamos en lo que hacemos; cuando no hacemos ni estamos. Cuando nuestra vida espiritual va a rastras: “hoy como ayer y mañana como hoy”. Cuando nuestros pecados son los de siempre, como siempre y donde siempre, sin que hayamos hecho lo más mínimo para evitarlo. Perdemos al Señor cuando, en vez de pasar nosotros por la vida gustándola y saboreándola, la vida pasa por nosotros sin pena ni gloria.
  • Perdemos al Señor cuando vamos de entendidos por la vida, como los de Emaús (Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?» [v. 18]). Cuando creemos que nosotros lo sabemos todo y que los demás son unos ignorantes. Cuando estamos convencidos de que únicamente nosotros tenemos la razón y que las cosas sólo se arreglarán si se hacen como nosotros decimos. Cuando todo lo miramos desde nuestra lógica, desde nuestros criterios, desde nuestros proyectos y previsiones. Cuando pensamos que los demás no nos entienden, sin caer en la cuenta de que somos nosotros quienes no les escuchamos.
  • Perdemos al Señor cuando, como los de Emaús, pensamos que todas las cosas tienen que ser como nosotros decimos: Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero…(v. 21). Cuando nos creamos nuestras propias expectativas respecto a Dios, a nosotros mismos y a los demás. Cuando nos hundimos en la desesperanza y el desánimo al no ver realizados nuestros proyectos y cumplidos nuestros deseos. Perdemos al Señor cuando las contrariedades y dificultades nos hacen claudicar y tirar la toalla; cuando las cruces se hacen presentes en nuestro camino y huimos porque no entran en nuestros planes; cuando abandonamos a los crucificados que hay a la orilla del camino.
  • Perdemos al Señor cuando, creyendo saber todo, no nos enteramos de nada. Perdemos al Señor cuando, a pesar de escuchar todos los días su Palabra, de recibirle en la Eucaristía, de pasar largas horas con El en oración, de recibir periódicamente su perdón y su paz…, seguimos siendo, como los de Emaús, lentos y torpes para creer (Él les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! [Lc 24,25]) y ciegos para descubrir que ese extraño, esos extraños que caminan junto a nosotros son el Señor. Cuando no le vemos junto a nosotros, cuando no escuchamos sus llamadas, cuando no recibimos sus bendiciones, cuando no acogemos sus “caricias”, cuando hacemos oídos sordos a sus palabras de ánimo y de consuelo. Perdemos al Señor cuando los demás nos dicen con el silencioso testimonio de su vida que ha resucitado y no les creemos porque no lo vemos con nuestros ojos y no lo tocamos con nuestras manos (El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron [Lc 24,22-24]).
  • Perdemos al Señor cuando huimos de la comunidad, como los de Emaús (iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén [v.13]). Cuando huimos hacia nosotros mismos alejándonos de los demás. Cuando nos encerramos en nuestro propio “yo” de mil y una formas, y nos olvidamos del “tú” y del “nosotros”. Cuando en la parroquia, o en el movimiento Apostólico, o en la Asociación estamos “juntos” pero no somos “hermanos”. Cuando falla la comunicación, el diálogo, la escucha, la comprensión, la corrección fraterna, el perdón, la comunión, el amor desinteresado y gratuito, la alegría.

Cuando todo esto sucede, hemos perdido al Señor y nosotros andamos perdidos. Pero el Señor no nos deja; sale a buscarnos, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10). ¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? (Lc 15,4). El mismo Señor Jesús, en y a través de la persona del sacerdote en quien está presente por su Espíritu —como acabamos de reconocer al responder a su saludo-petición-proclamación diciendo, en una especie de epílcesis, “Y con tu espíritu”—, sale en nuestra búsqueda y nos llama invitándonos a reconocer que le hemos perdido y que nos hemos perdido. Porque habiendo perdido al Señor y estando nosotros perdidos, no podemos celebrar y ser, por El, con El y en El, Eucaristía. Por eso, “para celebrar dignamente estos sagrados misterios” es necesario ser encontrados por el Señor y volver a encontrarle; es necesario que “reconozcamos nuestros pecados”.

En un momento de recogimiento, de meditación o de reflexión, sintiendo al Señor que camina junto a ti, escuchando todo lo que El te dice, dejando que ilumine y clarifique tu vida, intenta descubrir cuántas veces le has perdido y cuán perdido/a te encuentras cuando le pierdes a El. Pero no te aflijas; El está junto a ti. Si es verdad que tú le has perdido, no es menos verdad que El te ha encontrado. Con esta esperanza, recorre con el Señor el camino de tu vida dejando que sus palabras y su presencia vayan haciendo luz sobre ti.

– YO CONFIESO…

Ante nuestras “pérdidas” podemos adoptar dos posturas. Una es la de poner excusas, justificarnos, “echar balones fuera”, culpar a todos de lo nuestro (Cf. Gen 3,12-13), o al mundo y a la sociedad, o a Dios mismo… Podemos, incluso, no darle mayor importancia y verlo tan normal por habernos acostumbrado a ellas. Pero estas posiciones no son sino cortinas de humo que pretenden ocultar la auténtica verdad: que no aceptamos nuestra responsabilidad en esas “pérdidas”; que no estamos dispuestos a confesar que somos culpables de ellas. Una postura así solo puede desembocar en el resentimiento, y no pocas veces optamos por ella.

Cuando las “pérdidas” se suceden una tras otra, cuando una y otra vez perdemos al Señor en los mismos lugares y por las mismas causas, cuando experimentamos la impotencia para mantenernos “encontrados” y la facilidad para perderle de nuevo…, la tentación de convertirnos en personas desilusionadas, malhumoradas, airadas, amargadas, avinagradas, quejosas y cada vez más resentidas, es casi irresistible. “El resentimiento es una de las fuerzas más destructivas que hay en la vida. Es una fría ira que se instala en el centro mismo de nuestro ser y endurece nuestros corazones, pudiendo llegar a convertirse en una forma de vida que impregna de tal modo nuestras palabras y nuestras obras que ya no lo reconozcamos como tal”. Y entonces aparecen las justificaciones y los tópicos: «No se puede hacer nada; todo es una mentira; te entregas y te sacrificas y, total, para nada; he recibido palos por todas partes y estoy escarmentado; ya me canso de luchar, no puedo más; yo soy así y no puedo cambiar, tengo que aceptarme como soy; no tengo remedio, siempre seré así; me conformo con ir tirando, que no es poco…»

¿Has pensado como sería tu vida, cómo serías tú si no hubiese ningún resentimiento en tu corazón? Estamos tan acostumbrados a hablar de las personas que me caen mal, de lo que no me gusta de las personas, de recordar el daño y las “faenas” que me han hecho, de actuar con recelo y desconfianza, de pensar mal…, que no me imagino cómo sería mi vida sin nada de qué quejarme y sin nadie a quien echarle las culpas. ¡Cuántos resentimientos se esconden por los rincones de mi corazón! ¿De veras querrías vivir sin ellos? ¿Te has preguntado qué harías sin esos resentimientos? ¿Has reparado alguna vez en la facilidad con que los alimentas? De forma inconsciente y espontánea, nuestra mente se ve asaltada desde primeras horas de la mañana por sentimientos de envidia, por sospechas de todo tipo, por pensamientos sobre las personas que nos rodean… Entonces empieza a hacer sus propios planes; a preparar sus estrategias para los encuentros con esas personas; a entablar sus propias discusiones, cargadas de razón en lo que a uno respecta y de sinrazón en lo que concierne a los demás… Cuando queremos percatarnos ya estamos malhumorados, agresivos, intratables y resentidos para todo el día. En realidad, no ha pasado nada; nosotros solos, sin casi darnos cuenta, nos lo hemos hecho todo. ¿Hay alguien que no albergue en su corazón algún tipo de resentimiento? Parece la reacción más lógica ante nuestras múltiples “pérdidas” …

Pero ante nuestras “pérdidas” podemos adoptar otra postura: confesar nuestra culpabilidad y llorar. No podemos impedirlas por más que lo intentemos y nos lo propongamos, pero sí podemos confesarlas, llorar y afligirnos por ellas. Confesar es despojarnos de nuestro orgullo y prepotencia, y quedarnos al descubierto ante Dios y ante los demás. El llanto y las lágrimas nos hacen afrontar y reconocer la verdad de nuestra pequeñez y de nuestra imperfección, la fragilidad de nuestras personas, la impotencia para construirnos a nosotros mismos. Pero aceptar que nuestros orgullos son infundados y sin embargo son el fundamento de nuestras posturas y actitudes, aceptar que en multitud de ocasiones vivimos inmersos en la mentira, es doloroso y a la vez demoledor…, y nos rompe por dentro…, y nos hace llorar. Sin embargo, en medio de ese dolor, en el silencio, en la soledad, en el desgarro, se puede escuchar una voz sorprendente y suave; una voz que nos anuncia la hermosa noticia de que nuestra aflicción encierra una bendición: Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados (Mt 5,5).

No es suficiente, pues, reconocer nuestros pecados; es necesario también confesarlos, llorar por ellos, admitir nuestra culpabilidad (“por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”), experimentar el dolor y el desgarro en la aceptación de nuestra pequeñez y debilidad, de nuestra impotencia e incapacidad, de nuestra fragilidad y nuestra nada. Somos pecadores; pecadores sin remedio. Nuestros sueños y esperanzas, nuestras ilusiones y proyectos se han desvanecido. Pero junto a nosotros camina el Señor que, recordándonos sus promesas (Como aquel a quien su madre consuela, así yo os consolaré (Is 66,13); cambiaré su duelo en regocijo, los consolaré y aliviaré su tristeza [Jer 31,13]), nos susurra dulcemente al oído: Te basta mi gracia (II Cor 12,9). Y una luz nueva nos hace descubrir que nuestro corazón roto tiene curación y que en medio de nuestras lágrimas recibimos un don por el que podemos estar agradecidos.

Al comenzar la celebración, el sacerdote nos invita a reconocer nuestros pecados y a decir: «Yo confieso… que he pecado… por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…»; a suplicar: «Señor ten piedad»; a implorar: «Señor, ten misericordia de nosotros, porque hemos pecado contra ti». Junto al dolor por nuestras “pérdidas” se esconde un regalo; por eso, si la primera postura ante ellas conducía al resentimiento, el llanto y las lágrimas nos llevan al agradecimiento y nos abren a la posibilidad de dar gracias. Un corazón resentido no sabe pedir perdón y no puede dar gracias; pero un corazón arrepentido, que reconoce su propia culpa sin acusar a nadie, está preparado para recibir el perdón y el amor misericordioso de Dios, aceptando, desde su propia pequeñez y debilidad, la vida como un don, como un regalo por el que hay que estar agradecidos.

Cuando uno ha perdido al Señor está incapacitado para celebrar y vivir la Eucaristía; y así es como nos acercamos a ella. Pero el reconocimiento y confesión de nuestros pecados equivale a ser de nuevo encontrados por el Señor, como los de Emaús, y a iniciar, desde el dolor y el llanto por nuestras “pérdidas”, un canto de alabanza y de agradecimiento al Señor.

El reconocimiento y confesión de nuestros pecados no puede reducirse a una fórmula recitada mecánica, rutinaria e inconscientemente. Es una experiencia demasiado honda y significativa como para reducirla a un mero rito vacío. Decir de verdad: «Yo confieso ante Dios y ante vosotros hermanos…», expresando en ello lo que vivimos y sentimos, es lo suficientemente importante y trascendente como para que nuestra vida, a partir de esa confesión, empiece a ser diferente en relación a Dios, a nosotros mismos y a los demás.

Sintiendo junto a ti al Señor en un momento de recogimiento, de meditación o de reflexión, pídele que te ayude a identificar y desenmascarar los resentimientos que anidan en tu corazón. Mira de dónde brotan, qué se esconde detrás de ellos, contra quienes van dirigidos… Y sé sincero/a contigo mismo/a; no tengas miedo. Pero no te detengas ahí; confiesa al Señor tus pecados y, al tiempo que sientes su consuelo y bendición, experimentarás cómo, poco a poco, el dolor por tus “pérdidas” se va tornando en un cántico de alabanza y de acción de gracias.