La Eucaristía (3).
Joaquín Aguilar
…nos ha hablado por medio del Hijo
– PALABRA DE DIOS
De nuevo nos situamos en el relato de Emaús (Lc 24,13ss). Dos caminantes procedentes de Jerusalén se dirigen a Emaús. Van tristes y cabizbajos lamentando lo que han perdido. De pronto, Jesús se les une y se pone a caminar con ellos. Aquel desconocido se interesa por la conversación que llevan entre manos: «¿De qué discutís por el camino?». La pregunta les saca de la monotonía y tristeza en que están sumidos, y, entre sorprendidos e irritados, le responden: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí éstos días?». Jesús, siguiéndoles el juego, les pregunta: «¿Qué cosas?». Y ellos le cuentan todo lo sucedido. Ya venían hablando de ello por el camino, pero el hecho de que haya aparecido aquel desconocido ignorante que está dispuesto a escucharles, que se interesa por su pérdida, por su desilusión y su tristeza, les motiva para referir de nuevo lo sucedido. Cuando terminan su relato, Jesús toma la palabra. Hasta ahora ha estado callado, escuchándoles atentamente; ahora les toca escuchar a ellos. En realidad, no les cuenta nada nuevo; les habla de cosas que ya conocen, y las relaciona con Moisés y los profetas. Es una historia sobradamente conocida, pero les suena como si la escucharan por primera vez. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué ha cambiado para que todo les parezca diferente? Ha cambiado el narrador. Aquel residente en Jerusalén atrae toda su atención y les habla con autoridad y convicción. Retoma toda la letanía de sus pérdidas y lamentos, desilusiones y miedos, preguntas y dudas, y la inserta en una historia mucho más amplia que la de ellos. No niega lo que ellos le han contado, pero les hace ver que todo aquello forma parte de un acontecimiento mucho más amplio, en el que a ellos se les ha concedido interpretar un papel único. No les dice que no existe razón para estar tristes, sino que su tristeza forma parte de una tristeza mayor tras la cual se esconde la alegría. De esta forma, lo oscuro empieza a esclarecerse, las preguntas van encontrando respuesta, el miedo se va tornando en confianza, lo que desembocaba en la tristeza parece que abre sus puertas al gozo. A medida que les va hablando van descubriendo que sus pequeñas vidas no son tan pequeñas e insignificantes como ellos habían creído en un principio, sino que forman parte de una historia mucho mayor que trasciende nuestro espacio y nuestro tiempo, y se instala en el mismo misterio de Dios.
Sin embargo, la conversación no ha sido sencilla. Más bien ha estado cargada de tensión y de cierta dureza. El desconocido se ha mostrado enérgico, tajante y directo. En ningún momento ha pretendido ofrecerles un consuelo fácil y sentimental, al contrario, ha buscado derribarles sus defensas para hacerles salir de sus lamentos y afrontar la realidad superando sus estrecheces de mente y de corazón. ¡Qué necios y torpes para creer…! (Lc 24,25). Las palabras son duras, pero necesarias para atravesar como dardos las corazas de sus miedos y hacerles despertar a la realidad. Son como una fuerte sacudida, una llamada a abrir los ojos, a quitarse las vendas que les impiden ver. Parece que les dice: “¿Es que no veis…? ¿No os dais cuenta…? ¿Tan torpes sois?”. Pero ¿por qué les llama torpes y necios? ¿Qué pretende de ellos aquel desconocido? ¡Qué necios y torpes para creer…! Pretende que crean; que confíen; que se den cuenta de que las cosas son algo más que apariencia, fachada y escaparate; que superen el dolor de aquel momento y lo vean como parte de un proceso de curación mucho más amplio; que vean aquel dolor, no ya como inevitable o como conveniente, sino ¡como necesario para…! Eso es lo que pretende aquel residente en Jerusalén: no que entiendan, comprendan o vean claro, sino que les arda el corazón. Al fin y al cabo, quien les habla y lo que les habla es la Palabra del Padre, la Palabra de Dios; una Palabra que nos desvela y nos abre su interior, su intimidad; una Palabra que nos muestra no sólo lo que Dios nos dice sino lo que El es y hace por y para nosotros: Amor-Amar. Por eso, esa Palabra (Cristo) que es Amor apasionado no busca sino que arda nuestro corazón; que se apasione.
Todo esto sucede en la Eucaristía. Cristo en persona sale a nuestro encuentro y se pone a caminar junto a nosotros, “Pues en la celebración de la Misa…, Cristo está realmente presente…, en su palabra. “En las lecturas, que luego desarrolla la homilía…, el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles”. La Palabra es sacramental: hace presente lo que expresa, hace presente a Cristo. El Misal Romano habla de cuatro presencias de Cristo en la celebración eucarística: está, ciertamente, presente “de una manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas”, pero su presencia también es real “en la misma asamblea congregada en su nombre, en la persona del ministro, en su palabra. La Palabra de Dios hace presente a Cristo; El es la Palabra definitiva de Dios hecha carne.
Como en el pasaje de Emaús, en la celebración eucarística Cristo ha salido a nuestro encuentro y ha escuchado todos nuestros lamentos y pérdidas, nuestros dolores y sufrimientos, nuestros fracasos y desencantos (acto penitencial) … Como los de Emaús, también nosotros sabemos muchas cosas de lo que dicen las Escrituras…, pero a El no lo conocemos. Entonces el Señor nos habla: “Cuando se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio; y lo hace en los mismos términos que a los de Emaús: ¡Qué necios y torpes para creer…!
La Palabra de Dios proclamada en la Eucaristía hace presente a Jesús entre nosotros y pretende que seamos conscientes de esa presencia; más aún, pretende llevarnos a esa presencia, hacernos a nosotros presentes a Dios en Jesús para que transforme nuestras torpes mentes y abra nuestros cerrados corazones. Sin experimentar esta presencia de Cristo en la Palabra no podremos reconocer su presencia en la fracción del pan. Ahí radica el poder, el sentido y la fuerza de la Palabra de Dios: no en su aplicabilidad a nuestras vidas sino en la capacidad que tiene de transformarnos, de cambiarnos, de abrirnos, de abrasarnos y hacernos arder mientras la escuchamos. La aplicabilidad a nuestra vida será fruto y consecuencia de esa transformación, de ese arder nuestros corazones, y no de una adaptación e imposición voluntarista a nuestra conducta de cada día.
En la Palabra, Cristo, al hacer arder nuestros corazones, nos hace ver que nuestras personas, con sus lamentos y perdidas, sus dolores y sufrimientos, sus fracasos y desencantos forman parte de una historia más amplia; mejor aún, nos convierte en parte de esa historia. Nuestras pequeñas y aparentemente insignificantes vidas son integradas en la historia de la Salvación, en la historia de Dios. Nuestra vulgar y monótona vida diaria es, de hecho, una vida sagrada que desempeña un papel en el cumplimiento del plan de Dios.
Todo esto no son fantasías y teologías baratas. «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). Todo esto es realidad hoy. La Palabra de Dios es una palabra que nos sana en y a través de nuestra escucha y acogida, aquí y ahora. No es promesa de salvación sino actualización y actuación del amor salvífico de Dios en nosotros aquí y ahora, porque la Palabra de Dios hace realidad, crea, aquello que anuncia y expresa.
Ahora podemos comprender por qué al finalizar las lecturas, ante la proclamación “Palabra de Dios” – “Palabra del Señor”, todos responden: “Te alabamos, Señor” – “Gloria a ti, Señor Jesús”. La Palabra de Dios no es la narración de hechos pasados que han quedado perdidos en la historia. La Palabra de Dios es Dios mismo que, en Cristo, su Palabra, se nos hace presente y nos habla con una presencia y una palabra que nos ama y nos está salvando. Por eso ante el misterio que viene a nosotros sólo cabe la acogida, la escucha, el abandono, la alabanza y la glorificación.
En un momento de recogimiento, de meditación o de reflexión, contempla el misterio de Dios que se encierra en la Palabra que proclamamos y escuchamos cada día. Experimenta en ella la presencia del Señor que te acompaña y te habla. Escúchale y siente arder tu corazón… Y alábale… y glorifícale… con toda tu alma y con todo tu ser.
– HABLA, SEÑOR, QUE TU SIERVO ESCUCHA
Toda palabra pronunciada reclama escucha y acogida por parte de los interlocutores. Si esa Palabra es una Persona, y en ella está en juego el sentido y la plenitud de nuestra vida, es decir, nuestra propia salvación, la escucha y acogida por nuestra parte responde a algo más que a un gesto de buena educación. En la primera parte del capítulo hemos intentado hacer una aproximación al entorno de la proclamación de la Palabra de Dios en la celebración eucarística, y hemos visto como su misterio nos desborda. Pero ese misterio, que no es sino el misterio de Dios que viene a nosotros, requiere de nuestra parte una actitud de adoración, veneración, escucha, acogida y abandono, porque, aunque no se puede ver, tocar y comprender, sí se puede, sin embargo, experimentar.
- Vivimos en un mundo saturado e inundado de palabras: prensa, emisoras de radio, televisiones, revistas, libros, anuncios publicitarios, carteles, hojas, folletos… Esta sobreabundancia de palabras ha contribuido, por un lado, a que adoptemos una actitud pasiva y defensiva ante ellas, y por otro a que carezcan casi de valor quedando reducido su interés a lo meramente informativo. No es de extrañar, pues, que ante la Palabra de Dios en la Eucaristía descubramos en nosotros esas mismas actitudes pasivas y defensivas, por ejemplo, al constatar con cierto rubor que no nos hemos enterado del evangelio que se ha leído, o que, movidos por el simple interés informativo, rara vez nos dejamos impresionar por ella porque “ya nos la sabemos” y no creemos que nos pueda sorprender y afectar, con lo que la Palabra de Dios, Buena Noticia, deja de ser no sólo “buena” sino incluso “noticia”. ¿Cómo te sitúas ante la Palabra de Dios: como quien ya se la sabe, o como quien espera verse sorprendido? ¿Suele ocurrirte a menudo que no te enteras de lo que se ha proclamado? ¿Recuerdas alguna ocasión en que la Palabra de Dios te ha sorprendido de una forma especial? ¿Qué sorpresas te ha deparado la Palabra de Dios? ¿Las aclamaciones: “Te alabamos, Señor” – “Gloria a ti, Señor Jesús”, son verdaderamente una respuesta de alabanza y glorificación a Dios, por tu parte?
- No es suficiente para un bautizado limitar la escucha y el conocimiento de la Palabra de Dios al estricto marco de la celebración eucarística o de las celebraciones de la comunidad. ¿Qué tiempo dedicas a hacer una lectura personal de las Sagradas Escrituras? ¿Te preocupas por leer y estudiar introducciones y comentarios bíblicos especializados que te ayuden a comprender mejor la Palabra de Dios y su mensaje de salvación?
- ¿Cómo vives la presencia real de Cristo en la Palabra? ¿Eres consciente de que Dios te está hablando? ¿Eres consciente de que Cristo mismo te está explicando las Escrituras? ¿Has sentido alguna vez esa presencia con una fuerza poco habitual? ¿Adoras y veneras esta presencia con la misma intensidad y convicción con que adoras y veneras la presencia en las especies eucarísticas?
- ¿Con qué actitud escuchas la Palabra de Dios? ¿Preparas las lecturas antes de ir a la celebración para disponerte mejor a su escucha, comprensión y acogida? ¿Buscas y ves en la Palabra de Dios, en primer lugar, respuestas, orientaciones y normas para tu vida, o sientes a Cristo, Palabra del Padre y manifestación de su amor, que penetra hasta lo más profundo de tu ser? ¿“Arde tu corazón” al escuchar la Palabra de Dios? Se presentaban tus palabras, y yo las devoraba, era tu palabra para mí un gozo y alegría de corazón (Jer 15,16): ¿Buscas, lees, escuchas, acoges la Palabra de Dios con esa hambre y ansiedad?
- En el pasaje de Emaús, Jesús relee la historia personal de los discípulos y la sitúa en el amplio marco de su propia historia, de la historia de la Salvación, de la historia de Dios; y aquellas historias personales adquirieron una nueva luz y plenitud de sentido. La gran tentación que nos acecha continuamente es la de no reconocer nuestro papel de elegidos, y resignarnos a vivir atrapados en las preocupaciones y agobios de la vida diaria ¿Dejas que la Palabra de Dios ilumine y dé sentido a tu vida? ¿Cómo está presente, a lo largo del día, la Palabra de Dios que se ha proclamado en la Eucaristía? ¿La recuerdas frecuentemente dejando que ilumine, clarifique y dé sentido a lo que estás viviendo en esos momentos? ¿También tu vida está afectada por la tristeza, el desánimo, la desilusión, la mediocridad, el derrotismo, el tedio, los lamentos…, como les ocurría a los discípulos de Emaús? ¿Cuándo lo está y por qué? ¿Como a los de Emaús, también podría decirte a ti el Señor: ¡Qué necios y torpes para creer…!? ¿Recuerdas algún momento en que la Palabra de Dios te ha hecho mirar tu vida, tus problemas y desánimos, tus desilusiones y cansancios… desde otra perspectiva, y ha contribuido de manera decisiva a cambiar tu actitud y talante? ¿Crees y sientes que tu vida forma parte de un “proyecto mayor” en el que se te ha asignado un papel singular? ¿“Vas por la vida” consciente de que has sido elegido y de que formas parte de la historia de Dios? ¿Eres consciente de que, por todo ello, tu vida es sagrada…?
- Jesús iluminó la vida, la historia, las tribulaciones de los dos discípulos de Emaús desde su propia vida vivida con plenitud de sentido en la confianza y entrega incondicional al servicio de la voluntad y de los planes del Padre. De igual manera, la Palabra de Dios —Cristo— ilumina tu vida. ¿Qué significa para ti el hecho de que tu vida encuentra luz, sentido y razón de ser en la vida y persona de Jesús? ¿En qué momentos necesitas buscar y buscas esa luz y ese sentido de tu vida en Cristo, Palabra de Dios? ¿Miras, lees e interpretas tu vida a la luz de la Palabra de Dios? ¿Cómo contribuyes a iluminar la vida de los demás desde tu propia vida vivida en la fidelidad a la voluntad del Padre y en el amor a los demás?
- «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy» (Lc 4,21). ¿En qué momentos del día, mirándote a ti y a tu alrededor, contemplando a las personas y a los acontecimientos, ves que, efectivamente, se cumple y se hace realidad la Palabra de Dios que escuchas? ¿En qué momentos de la jornada, desde la fe, sientes a Cristo iluminando la vida, dando sentido a la existencia de las personas, amando y salvando, transmitiendo paz, ofreciendo comprensión y perdón, saciando el hambre y la sed, consolando a los tristes y a los que sufren…?
Habla, Señor, que tu siervo escucha (I Sam 3,10). En el silencio y la paz de la reflexión deja que el Señor vaya iluminando tu vida desde su Palabra. Contempla cómo la presencia de Cristo en la Palabra se extiende a la vida, a tu persona, a tu entorno, a los acontecimientos, porque hoy se sigue cumpliendo «Esta Escritura que acabáis de oír…» (Lc 4, 21). Pídele al Señor que te ayude a sentir cada día más esa presencia de la Palabra prolongada en la vida.
Toma también conciencia de tus carencias ante la Palabra de Dios: de tus cegueras, ignorancias, distracciones, torpezas, dureza de corazón para creer… Pero, a la luz de este encuentro con el Señor en la meditación y la reflexión, siente también cómo, a pesar de esas torpezas y dureza para creer, en esos momentos, tu corazón, como el de los discípulos de Emaús, también arde por el Señor.
Acoge con generosidad la Palabra permitiendo que te desborde, y deja que haga arder cada vez con más fuerza tu corazón.
