La Eucaristía XI

  • Categoría de la entrada:Meditación
En este momento estás viendo La Eucaristía XI
Manos

La Eucaristía (XI).

Joaquín Aguilar

PADRE, HIJO Y ESPIRITU SANTO

Iniciábamos la Eucaristía invocando a la Trinidad al tiempo que trazábamos la señal de la cruz sobre nuestro cuerpo. Seguidamente, el sacerdote se dirigía a los presentes con un saludo —“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros”— en el que suplicaba y declaraba la presencia de Dios en lo más íntimo de cada persona y de la comunidad, y al que la comunidad —llena de la presencia de Dios—, respondía —“Y con tu espíritu”— afirmando y proclamando la presencia activa del Espíritu en la persona del celebrante; presencia de la que tiene particular necesidad para la celebración litúrgica que preside, ya que en ella nada hace por sí mismo sino que es la gracia del Espíritu la que realiza sola este sacrificio místico, aunque, ciertamente, por medio de él.

Al finalizar la celebración se repiten estos dos mismos gestos, pero en orden inverso: primero el saludo-diálogo “El Señor esté con vosotros – Y con tu espíritu”, para pedir y afirmar la presencia del Señor por el Espíritu en la Asamblea y en el sacerdote; después, la bendición que el sacerdote, en virtud de la especial presencia del Espíritu en él, da a todos los presentes en nombre de la Trinidad, trazando en el aire la señal de la cruz: “La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo —es decir, la Eucaristía que acabamos de celebrar, que es el don del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo: esa es la bendición de Dios Todopoderoso— descienda sobre vosotros (y permanezca siempre) —o lo que es lo mismo, acoged y perpetuad la Eucaristía que acabamos de celebrar viviendo una vida eucarística—.

En el AT, bendición es sinónimo de prosperidad, de abundancia, de fecundidad, de favor, de ir las cosas bien…; en definitiva, bendición es sinónimo de vida: Como el rocío del Hermón que baja por las alturas de Sión; allí Yahveh la bendición dispensa, la vida para siempre (Sal 133,3). Lo contrario de la bendición es la maldición, la muerte: Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición (Dt 30,19). No hay mayor bendición que Dios mismo: ¡Y sea bendito el Nombre de tu Gloria que supera toda bendición y alabanza! (Ne 9,5). Por eso recibir la bendición de Dios no es recibir algo de parte de El sino recibir algo de El mismo: «Así habéis de bendecir a los israelitas. Les diréis: Yahveh te bendiga y te guarde; ilumine Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio; Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,23-26); más aún, la mayor bendición es recibirle a El mismo: Derramaré mi espíritu sobre tu linaje, mi bendición sobre cuanto de ti nazca (Is 44,3). La recepción de la bendición de Dios —Dios mismo— requiere, por nuestra parte, un compromiso de amor a su persona, de escucha y cumplimiento de su voluntad, y de vivencia en intimidad con El: Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando a Yahveh tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en eso está tu vida, así como la prolongación de tus días mientras habites en la tierra que Yahveh juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob (Dt 30,19-20), porque no se trata sólo de recibir la bendición, sino de permanecer en ella y, por ella, en el Señor: dígnate, pues, bendecir la casa de tu siervo para que permanezca por siempre en tu presencia (II Sam 7,29).

Cristo es la mayor bendición de Dios porque en El se nos ha autodonado plena y definitivamente. Esa bendición consiste en que, en Cristo, en virtud de su autodonación a nosotros en El, Dios nos ha elegido —amado—, desde toda la eternidad, para incorporarnos a El y hacernos partícipes de su divinidad: siendo santo e inmaculados en el amor, haciéndonos hijos adoptivos, haciéndonos partícipes de la gloria de su gracia para alabanza suya y perdonándonos nuestros pecados. Y todo ello lo ha realizado por Cristo, con Cristo y en Cristo. El momento culminante de esta bendición-autodonación de Dios en Cristo es su Pasión, Muerte y Resurrección, cuyo memorial permanente es la Eucaristía. Cada vez, pues, que celebramos la Eucaristía, Dios derrama sobre nosotros su bendición en Cristo por el Espíritu haciéndonos partícipes de su vida divina.

Y eso es lo que hace el sacerdote al finalizar la celebración: recordarnos que la Eucaristía es la bendición del Padre en el Hijo por el Espíritu, y que esa bendición requiere, por nuestra parte, acogida (“descienda sobre vosotros”), adhesión y permanencia (“y permanezca siempre”) mediante una vida vivida en coherencia con el don que hemos recibido, es decir, una vida eucarística.

  1. La acogida supone la aceptación, de forma vivencial, de nuestra condición de bendecidos: santificados, “filiados”, glorificados, perdonados, “cristificados” y divinizados. La participación en la Eucaristía ha transformado profundamente nuestro ser. Somos otros. Hemos sido dignificados, y con esta dignidad hemos de caminar por la vida. En quien ha participado en la Eucaristía no cabe la amargura, la desesperanza, el desaliento, el desánimo, la desilusión y la falta de autoestima. Tampoco la vanagloria, la soberbia, la arrogancia y la autosuficiencia. En quien ha participado en la Eucaristía sólo cabe la acción de gracias, la esperanza, la alegría, la sana autoestima, la humildad y la alabanza.
  2. La adhesión y la permanencia suponen transparentar en nuestra vida el cambio profundo que se ha producido en nuestro ser al derramar Dios su bendición sobre nosotros: amor a Dios y a sus hijos, nuestros hermanos, intimidad con El teniendo a Cristo como modelo de esta intimidad, fidelidad en la escucha y cumplimiento de su voluntad, santidad de vida por el amor; en definitiva, vivir la misma vida de Cristo con quien hemos sido configurados por esta bendición de Dios.

El “Amén” con el que responde la Asamblea significa esa acogida y aceptación de la bendición que Dios nos ha dado en la Eucaristía, con el compromiso de traducirla en una nueva existencia.

Situado/a en la bendición recibida en la última Eucaristía, en las bendiciones de todas las Eucaristías que has vivido a lo largo de tu vida, contempla el don que Dios te ha hecho. Pide al Señor que abra tus ojos para que tomes conciencia de lo que significa este don, para que, en su mayor comprensión, brote de lo más profundo de tu corazón, por un lado, un canto de alabanza y de acción de gracias, y por otro, verdaderas ansias de traducir ese don en una vida nueva.

– ITE, MISSA EST…

  Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos… (Lc 24,33-36).

El término “missa” tiene varias acepciones. Tradicionalmente se ha interpretado como “enviar”, pero pronto pasó a ser el nombre de toda la acción, y no sólo su final: celebrar la Misa. Sin embargo, “enviar” puede también entenderse en otro sentido: elevar a Dios alabanzas, súplicas, ofrenda sacrificial. En este caso, “Ite, missa est” vendría a significar: “marchaos, ya hemos ofrecido, elevado a Dios nuestra ofrenda”. El Catecismo de la Iglesia Católica se inclina por la primera acepción: “Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (“missio”) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana”

Todos los encuentros con el resucitado conllevan, de forma explícita o implícita, la misión: Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea…; Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado…; Regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás…; vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios…; Como el Padre me envió, también yo os envío…; Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan. En la Eucaristía, el Resucitado sigue saliendo hoy a nuestro encuentro, y en él somos enviados, como entonces, a reencontrarnos con los demás y a contarles lo que ha pasado en el camino y cómo le hemos conocido en la fracción del pan.

  • No pocas veces, desde ciertas espiritualidades, se nos ha presentado la Eucaristía como un acto de piedad conducente a la vivencia de una intimidad-intimismo cerrado con el Señor.

¿Cómo vives la Eucaristía, como un acto que te “encierra” con el Señor o como un encuentro con el Señor que te empuja a buscar a los demás? ¿Cómo te ayuda la Eucaristía a acercarte a los demás derribando las barreras que te separan de ellos? ¿Cómo te ayuda la Eucaristía a cambiar tu opinión negativa, tus actitudes torcidas, tus prejuicios y tus sentimientos respecto a algunas personas? ¿Tu encuentro con el Señor en la Eucaristía es lo suficientemente fuerte e impactante como para dejar a un lado tus rencores, resentimientos, aversiones y enfados?

  • Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.

¿Cuáles son los principales temas de conversación en tus relaciones con los demás miembros de Caballeros y Damas? ¿Habláis de vuestro enamoramiento del Señor, de cómo llena y da sentido a vuestra vida, de cómo vivís los encuentros con El en la oración, de cómo hace arde vuestro corazón cuando le recibís en la Eucaristía, de cómo llena de paz vuestra vida, de cómo vivís la experiencia de la misericordia en el sacramento de la reconciliación, de cómo la escucha de su Palabra sacia vuestra hambre y vuestra sed, de cómo estáis cada día más entusiasmados/as con vuestra vocación…? ¿Desde la Eucaristía, tú personalmente, sientes necesidad de hablar de todo esto?

  • El Papa Pablo VI, en un discurso a los miembros del Consejo de los Laicos dijo: “El hombre contemporáneo escucha más de buena gana a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos”. Es necesario contar con palabras a los demás lo que ha ocurrido por el camino y cómo le hemos conocido al partir el pan, pero las palabras sólo tienen consistencia y credibilidad cuando van acompañadas por las obras. “La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras…”, decía S. Antonio de Padua.

¿Tu vida, tu forma de ser, tu forma de hablar y de razonar, tus reacciones, tus criterios, tu talante, tu modo de afrontar las adversidades, tu manera de posicionarte ante los conflictos de los demás, tu entrega y servicialidad, tu espíritu pacificador, tu capacidad de perdón…, cuentan por sí solos lo que ha ocurrido por el camino y cómo le has conocido al partir el pan? ¿También lo cuentan tu forma de orar, de participar en la Eucaristía, de escuchar la Palabra de Dios, de vivir tu consagración…?

  • Encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Los demás también nos cuentan, antes de que lo hagamos nosotros, cómo el Señor les ha salido al encuentro. Unas veces lo hacen de palabra, pero la mayoría de las veces lo hacen de forma callada, incluso inconsciente, con el sonoro testimonio de sus vidas.

¿Les escuchas? ¿Estás atento/a a esos testimonios callados, pero continuos y abundantes, con que tu propia familia, en primer lugar, y la gente sencilla testimonian sus encuentros y su fe en Jesús resucitado?

  • Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos… Cuando reconocieron a Jesús al partir el pan, movidos por una fuerza interior indescriptible, sintieron la necesidad de contar lo que habían vivido y echaron a correr en busca de sus hermanos. Al contarles lo que les había ocurrido y escuchar cómo a los demás también les había ocurrido lo mismo, el Señor se presentó en medio de ellos.

En la Eucaristía nos hemos encontrado con el Señor. ¿Lo encuentras también cuando estás con los demás? ¿Te das cuenta de que cuando “cuentas a los demás lo que te ha ocurrido” y los demás te “cuentan” lo que les ha ocurrido, el mismo Jesús con el que has estado en la Eucaristía está ahora junto a vosotros?

De esta forma la Eucaristía, el encuentro íntimo con el Señor que sale a nuestro encuentro, no termina en la celebración sino que continúa y se completa en los demás. ¿Sientes que, desde los demás, el Señor también sale a tu encuentro y quiere que le invites a tu casa para entrar —seguir entrando— en comunión contigo, en la misma comunión de la celebración eucarística? ¿Vives tus encuentros, relaciones, dedicación… a los demás como una Eucaristía?

Al envío que el sacerdote hace al concluir la celebración eucarística, la Asamblea responde: “Demos gracias a Dios”. Realmente hay que dar gracias a Dios, y hay que hacerlo conscientemente, porque nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo; y en la Eucaristía nos sigue bendiciendo.

Después de iluminar tu vida siguiendo las reflexiones propuestas, concluye la oración con una acción de gracias al Señor por el don de la Eucaristía; un don que nos desborda y que no podemos abarcar, porque ese don es Dios mismo. Pídele que te conceda un corazón grande para acoger, aunque no lo comprendas, este don que te da cada día y para dejar que este don te vaya configurando con Cristo, y en El, te conduzca a una, cada día más plena, comunión con Dios.

Que la Virgen María, modelo de comunión con Dios, interceda, os guíe y os acompañe en vuestro camino.