La Eucaristía VI

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Hacedlo todo para la gloria de Dios

La Eucaristía (6).

Joaquín Aguilar

– ESTE ES EL MISTERIO DE LA FE…

 LLENOS ESTAN EL CIELO Y LA TIERRA DE TU GLORIA

La Eucaristía constituye un misterio insondable e inabarcable para nosotros. Sólo desde la humildad y considerando aspectos parciales podemos aproximarnos a ella, contando siempre con el inevitable peligro de absolutizar lo fraccionario olvidando la globalidad. Y algo de esto nos ha sucedido en los últimos tiempos. Hemos hecho mucho hincapié en la dimensión horizontal, comunitaria y externa de la Eucaristía, y hemos echado un poco —o un mucho— en el olvido el misterio que en ella se encierra; y así, nuestras Eucaristías han estado muy “cargadas” de pedagogía y un tanto faltas de mistagogía.

La Eucaristía es un misterio en el que se nos manifiesta plenamente la gloria de Dios en Cristo; y en El, Dios es plenamente glorificado. Desde una actitud de postración y silencio, de fascinación y adoración, vamos a centrarnos, en el tema de hoy, en la contemplación de este aspecto fundamental de la Eucaristía.

La Encarnación constituye el centro de la historia de la Salvación y la estructura fundante de lo cristiano. La Eucaristía prolonga y actualiza en el tiempo y en el espacio este acontecimiento salvífico, al tiempo que anticipa su plenitud y consumación escatológica. La Anáfora o Plegaria Eucarística, representa el corazón y la cumbre de la celebración y, por consiguiente, del misterio manifestado en ella. Prueba de ello es que se encuentra “flanqueada” y “custodiada”, a modo de adoración del misterio, por sendos cantos de alabanza y glorificación a Dios —el prefacio y la doxología final—, de cuya gloria, manifestada en plenitud en Cristo, están llenos “los cielos y la tierra”.

El canto o proclamación del prefacio introduce la Plegaria Eucarística. Es una invitación a la alabanza, acción de gracias y glorificación de Dios, no como algo opcional sino como algo que es justo, necesario y obligatorio; como algo en lo que va nuestra salvación. Esta alabanza, acción de gracias y glorificación de Dios tienen a Cristo como camino y vehículo para que lleguen a Dios: “darte gracias siempre y en todo lugar… por Cristo Señor nuestro”; pero también le tienen a El como razón por la que “es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias / alabarte / glorificarte siempre, Señor”. Por El ha creado el universo, ha establecido el continuo retorno de las estaciones, ha creado al hombre y le ha sometido todo, lo ha redimido del pecado, le llama a la conversión, le quita el pecado, nos ha hecho estirpe suya, desde el cielo sigue intercediendo por nosotros, dirige a su Iglesia asistiéndola con la fuerza del Espíritu Santo y continuando en ella la obra de la redención, nos da cada día nuevas muestras de su amor, nos fortalece con el ejemplo y la intercesión de los santos, y nos consuela con la promesa de la futura inmortalidad. Por eso el cielo y la tierra están llenos de su gloria; por eso con los ángeles y los santos le proclamamos tres veces Santo; por eso nos preparamos para acoger al “que viene en el nombre del Señor”, venida que tendrá lugar cuando el pan y el vino se conviertan en su Cuerpo partido y entregado, y en su Sangre derramada por nosotros, lo que constituye la presencia sacramental del momento cumbre de la encarnación, o lo que es lo mismo, de la manifestación de la gloria de Dios en medio de nosotros.

Vivimos en una sociedad fría, calculadora, positivista, pragmática. Sólo damos carta de autenticidad a aquello que se puede tocar, cuantificar, medir y pesar. Todo lo demás no sólo no cuenta, sino que ni siquiera existe. Por eso estamos perdiendo la capacidad de soñar, de reconocer y admirar la belleza, de llorar y de reír con emoción ante ella, de penetrar en el alma de las cosas y de la vida, de valorar lo in-útil y lo gratuito, de sorprendernos, de fascinarnos, de captar el misterio, de hacer silencio, de adorar. El hombre de hoy ha puesto en el orgullo y la altanería las actitudes fundamentales para consolidar y expresar su autoafirmación, pero el hombre no es más hombre cuando camina “erguido”, sino cuando se arrodilla y adora, fascinado por la gloria de quien es su Padre y Creador. ¡Cómo están llenos el cielo y la tierra de la gloria del Señor!: Los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento; el día al día comunica el mensaje, y la noche a la noche trasmite la noticia. No es un mensaje, no hay palabras, ni su voz se puede oír; mas por toda la tierra se adivinan los rasgos, y sus giros hasta el confín del mundo (Sal 18A,2-5). ¡Llenos están el cielo y la tierra de la gloria del Señor! Una gloria que se hace especialmente presente en el hombre: ¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor (Sal 8,5-6). Pero es en Cristo en quien la gloria de Dios se ha manifestado en plenitud: Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria… (Hb 1,1-3); Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14). La gloria de Dios, manifestada plenamente en Cristo Jesús, permanece en medio de nosotros, especialmente en la Casa de Dios: Me condujo luego hacia el pórtico, el pórtico que miraba a oriente, y he aquí que la gloria del Dios de Israel llegaba de la parte de oriente, con un ruido como el ruido de muchas aguas, y la tierra resplandecía de su gloria. Esta visión era como la que yo había visto cuando vine para la destrucción de la ciudad, y también como lo que había visto junto al río Kebar. Entonces caí rostro en tierra. La gloria de Yahveh entró en la Casa por el pórtico que mira a oriente. El espíritu me levantó y me introdujo en el atrio interior, y he aquí que la gloria de Yahveh llenaba la Casa. Y oí que alguien me hablaba desde la Casa, mientras el hombre permanecía en pie junto a mí. Me dijo: Hijo de hombre, este es el lugar de mi trono, el lugar donde se posa la planta de mis pies. Aquí habitaré en medio de los hijos de Israel para siempre (Ez 43,1-7); Y los sacerdotes no pudieron continuar en el servicio a causa de la nube, porque la gloria de Yahveh llenaba la Casa de Dios (II Cro 5,14).

¡Cómo están llenos el cielo y la tierra de la gloria del Señor! La naturaleza que nos rodea, el firmamento que nos envuelve, las obras de nuestras manos, los niños y los jóvenes, los hombres y las mujeres, los ancianos y los enfermos…, todos están llenos de la presencia de Dios; sin palabras y sin que resuene su voz nos están hablando de Dios; de forma oculta para los sabios y entendidos, pero patente para los pequeños y sencillos, son manifestación de su gloria. Sin embargo, nuestros arrebatos de ceguera nos impiden, en no pocas ocasiones, captar esta sinfonía que suena permanentemente a nuestro alrededor; y pasamos de largo ante ella…, y nos la perdemos.

Los cielos y la tierra están llenos de su presencia y de su gloria. Pide al Señor que abra un poco más los ojos de tu fe para que lo puedas percibir con más nitidez. Y es por la Eucaristía por donde debes comenzar. La presencia y gloria de Dios manifestada en Cristo Jesús te dispondrán para ver que, por El, todo está lleno de la gloria de Dios. ¿Por qué no pruebas a hacer tu propio prefacio aduciendo los motivos concretos y palpables, sacados de tu vida cotidiana, de tu experiencia personal y de tu entorno, por los que “es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias / alabarte / glorificarte siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo Señor nuestro”, para concluir tu oración proclamando: “Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria… Bendito el que viene en nombre del Señor”?

Que tu estudio, reflexión y meditación sobre esta primera parte sean un auténtico ejercicio de silencio, de admiración, de fascinación, de postración y de adoración del Señor, en la constatación y contemplación de su presencia y su gloria en medio de nosotros.

– …TODO HONOR Y TODA GLORIA

A diferencia del prefacio que invita a la acción de gracias, alabanza y glorificación de Dios a partir de la creación y de la historia de la Salvación realizadas en y por Cristo, y que permanecen actuales y operantes en la Iglesia por el Espíritu, la doxología con la que concluye la Plegaria Eucarística tiene una visión y proyección escatológica de esta alabanza y glorificación de Dios. Si la gloria de Dios se nos ha manifestado en Cristo por el Espíritu impregnando la creación entera, en un camino de retorno, al tiempo que recapitulador, por Cristo con El y en El, en la unidad del Espíritu Santo, todo alcanza su plenitud en tributar honor y gloria al Padre Omnipotente.

El hombre ha sido creado y elegido para alabar y glorificar a Dios: eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado (Ef 1,5-6). Cristo, que es el resplandor de la gloria del Padre, le ha glorificado plenamente aquí en la tierra cumpliendo fielmente su voluntad, por eso el Padre le ha glorificado con la gloria que tenía junto a El antes de la creación del mundo: Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese (Jn 17,4-5); «Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre.» Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré» (Jn 12,27-28). Glorificar a Dios pasa por configurarnos con Cristo, revestirnos de El y ser uno con El. Este es el sentido, el destino y la plenitud del hombre y de todas las cosas: ser, en Cristo, alabanza y gloria de Dios; que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (I Pe 4,11); hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo. En él también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia, para redención del Pueblo de su posesión, para alabanza de su gloria (Ef 1,10-14). Esta glorificación y alabanza de Dios por parte del hombre no supone para Dios un aumento de su gloria; es el hombre quien, al dar gloria a Dios, alcanza su plenitud y es hecho partícipe de su gloria; es glorificado. Para esto nos creó y nos llamó, para hacernos partícipes de su gloria: El Dios de toda gracia, el que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo (I Pe 5,10). Ser alabanza y gloria de Dios consiste en ser discípulos de Cristo y, en El, ser obedientes y fieles a la voluntad del Padre, dando así frutos que permanezcan; de esta forma es glorificado el Padre: La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos (Jn 15,8). Toda nuestra vida debe ser, pues, un canto de alabanza y gloria de Dios por las buenas obras (Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios [I Cor 10,31]), pero también una invitación a que todos le alaben y le glorifiquen (Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos [Mt 5,16]).

Al final, cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo (I Cor 15,28) y se podrá cantar: «Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.» (Ap 7,12).

La doxología final de la Plegaria Eucarística apunta a esa plenitud escatológica de la glorificación de Dios, en un intento de arrastrar y empujar hacia ella toda la realidad actual, anticipando esa plenitud escatológica al momento presente, con lo cual, la Eucaristía rompe los moldes del tiempo y del espacio para abrirse y adquirir dimensiones universales y cósmicas. Y esto sucede después de que el pan y el vino, por la acción del Espíritu Santo y las palabras de Jesús en la última Cena pronunciadas por el sacerdote, se hayan convertido en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y en ese pan y vino, que son nuestro “pan” y nuestro “vino”, que somos nosotros, por la misma la acción del Espíritu Santo y las palabras de Jesús en la última Cena pronunciadas por el sacerdote, también nosotros hayamos sido cristificados, configurados un poco más con Cristo. De este modo, configurándonos con Cristo, no sólo en la celebración eucarística sino en la Eucaristía de la vida, vamos siendo, en El, alabanza y gloria del Padre, y anticipamos el momento escatológico en que “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.

Glorificar a Dios no es fruto del voluntarismo o de un ejercicio intelectual; no consiste en gritar o en recitar fórmulas preparadas a tal efecto. Los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia el firmamento; el día al día comunica el mensaje, y la noche a la noche trasmite la noticia. No es un mensaje, no hay palabras, ni su voz se puede oír; mas por toda la tierra se adivinan los rasgos, y sus giros hasta el confín del mundo (Sal 18A,2-5). Nuestras vidas y nuestras personas, cuanto nos rodea y cuantos nos rodean, encierran, en la autenticidad y espontaneidad silenciosa de sus existencias, muchos y muy sonoros cantos de alabanza y glorificación del nombre de Dios. Convierte el estudio, la reflexión y la meditación sobre esta segunda parte en una doxología, en un himno de alabanza y glorificación de Dios. No te resultará difícil componerlo: toma momentos, actitudes, gestos, rostros, acontecimientos, palabras…, de tu vida personal y de tu entorno, y ponlos uno a uno bajo la mirada del Señor, a modo de estrofas, intercalando este estribillo: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.