La Eucaristía IX

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La paz de Dios

La Eucaristía (9).

Joaquín Aguilar

LA PAZ OS DEJO, MI PAZ OS DOY

– LA PAZ DEL SEÑOR

El camino que hemos recorrido a través de la liturgia eucarística muy bien lo podríamos definir como un proceso hacia la intimidad con Dios: la señal de la cruz…; el rito penitencial…; la liturgia de la Palabra, como diálogo con el Señor en el que su amor pretende hacer “arder nuestro corazón”; el Credo, como respuesta a la palabra y como invitación para que el Señor se quede en nuestra casa; el Ofertorio, como autodonación nuestra en el pan y el vino; la Consagración, como aceptación, por parte del Señor, de nuestro pan y vino, y como autodonación suya a nosotros en ese pan y vino convertidos en su Cuerpo y Sangre; el Padrenuestro… La Comunión eucarística, que es comunión con Dios que se autodona a nosotros en Cristo, es el término y la culminación de todos los ritos y gestos “intimadores” de la Eucaristía. Por la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos unimos a El, y por esa misma comunión nos unimos entre nosotros. Pero, si bien es cierto que la comunión entre nosotros nace y brota de nuestra comunión con Cristo, no es menos cierto que no podemos acceder a la comunión con Cristo en su Cuerpo y en su Sangre desde la des-comunión y des-unión entre nosotros: Oigo que, al reuniros en la asamblea, hay entre vosotros divisiones, y lo creo en parte […] Cuando os reunís, pues, en común, eso ya no es comer la Cena del Señor (I Cor 11,18-21). Algo semejante sucede con el perdón a los demás: por un lado, tiene su fundamento, su razón de ser y su origen en que Dios nos ha perdonado primero (Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros [Col 3,13]; Su señor entonces le mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?” [Mt 18, 32-33]), pero, por otro lado, es condición indispensable para que Dios nos perdone a nosotros (Que, si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas [Mt 6, 14-15]). Sólo desde la comunión-unidad efectiva entre nosotros, podemos acercarnos a participar del mismo Pan y del mismo Cáliz. Por eso, antes de comulgar, debemos apartar de nosotros toda sombra o resquicio de des-comunión: Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda (Mt 5,23-24). Este es el marco en el que se sitúa y comprende el rito de la paz. Pero ¿de qué paz estamos hablando?

La paz de la que hablamos está muy lejos de la concepción humana de paz, que proviene de circunstancias externas y es mantenida, en no pocas ocasiones, de forma artificial, lo que la hace excesivamente frágil e inconsistente. La paz de la que hablamos es un don de Dios, y su ausencia es consecuencia y fruto del pecado. De ahí que la paz sólo nos pueda ser dada de lo alto; sólo nos la puede dar Dios, el Dios de la paz (Rom 15,33; 16,20; I Cor 14,33; II Cor 13,11; Flp 4,9; I Tes 5,23; Hb 13,20), y se alcanza como consecuencia de la liberación del pecado, es decir, va unida al perdón de los pecados y a la salvación: Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados» Los comensales empezaron a decirse para sí: « ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Lc 7,48-50); Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,33-34). La paz bíblica se sitúa, así, en el corazón mismo de la redención. Por eso la paz es el tema central de la esperanza mesiánica (Is 57,19; 66,12; Jer 33,6; Ez 37,26), y al Mesías se le llamará «príncipe de la paz» (Is 9,6). En Cristo, el Mesías, Dios nos da la paz («encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace» [Lc 2,13-14]; Decían: «Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas» [Lc 19,38]; El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos [Jn 10,36]); más aún, Cristo mismo es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad (Ef 2,14-16). La paz se alcanza, pues, mediante la reconciliación con Dios y con los hermanos, que Cristo nos ha obtenido por medio de la cruz. De ahí que la paz de Cristo no sea como la del mundo: Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo (Jn 14,7). Su paz no es seguridad engañosa y quietud, como pretende el mundo, sino lucha contra el pecado, conversión, búsqueda de la justicia, porque su paz es fruto y brota de su sacrificio en la cruz. Su paz trastorna la paz de este mundo: He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división. Porque desde ahora habrá cinco en una casa y estarán divididos; tres contra dos, y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12,49-53). Su paz interpela y no deja “en paz”: Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2,34-35).

La paz se alcanza cuando todo nuestro ser está orientado hacia el único ideal de nuestra vida y ordenado según las exigencias de la voluntad divina. “La paz así entendida es plenitud de vida que afecta al centro del alma”, y “designa el bienestar de la existencia cotidiana, el estado del hombre que vive en armonía con la naturaleza, consigo mismo, con Dios; concretamente es bendición, reposo, gloria, riqueza, salvación, vida”. La paz es, pues, sinónimo de vida y de plenitud, y brota de la unidad e intimidad con Dios, vividas en el cumplimiento fiel de su voluntad. Así se desprende del discurso de Jesús en el capítulo 14 de San Juan, donde, tras invitar a sus discípulos a vivir con el Padre la misma intimidad que vive El, a modo de resumen, les dice: Os dejo la paz, mi paz os doy (Jn 14,7-27). Lo contrario a la paz es la confusión: pues Dios no es un Dios de confusión, sino de paz (I Cor 14,33), la dispersión: Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo (Jn 16,32-33).

La paz será el saludo común de Jesús a sus discípulos después de resucitar; un saludo que es manifestación de encuentro profundo, de intimidad como no la ha habido hasta ahora, de “identidad” con El (Cf. Gal 2,20) para continuar su misma misión: Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,19-23; Cf. Jn 20,26; Lc 24,36).

También, entre ellos, la paz deberá ser saludo de hermanos, lenguaje de encuentro, vínculo de unidad y de comunión: En la casa en que entréis, decid primero: “Paz a esta casa.” Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros (Lc 10,5-6); Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. (Ef 4,1-3); Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo (Col 3,15).

La paz de que hablamos no es un simple “te perdono”; es encuentro, reconciliación, intimidad, unión, armonía, comunión, fraternidad, amor. Una paz tal no puede provenir de nosotros mismos; trasciende y desborda nuestra capacidad y posibilidades. Y, sin embargo, la necesitamos. Pero, como hemos dicho, esa paz, capaz de restablecer la comunión entre nosotros, no puede provenir de nosotros mismos; nos tiene que ser dada. Es Cristo quien nos la da: El es nuestra paz; sólo El nos la puede dar y sólo de El la podemos esperar Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Act 4,12); sólo El puede derribar los muros que nos separan, dar muerte a la enemistad y unirnos en un solo Cuerpo por nuestra reconciliación con Dios (Ef 2,14-16). Por eso, antes de darnos la paz los unos a los otros, más aún, para poder darnos la paz los unos a los otros, es necesario que Dios, por medio de Jesucristo, nos dé su paz.

El rito de la paz, en un significativo gesto pedagógico, concatena armoniosamente los distintos momentos de todo este proceso teológico-salvífico. En él, el sacerdote:

  • Recordando las palabras-oferta-promesa del Señor en la última Cena, implora de El la paz y la unidad rotas por nuestros pecados.
  • Nos da la paz de Cristo, la paz de la vida intradivina, la que es plenitud de comunión, de intimidad y de amor.
  • Finalmente, nos invita a que esa paz que hemos recibido de Cristo, nos la demos los unos a los otros, creando así la comunión-unidad necesarias para acercarnos dignamente a comulgar su Cuerpo y su Sangre.

“La paz del Señor esté siempre con vosotros”. Acoge esa paz. En el estudio, reflexión y meditación de esta mañana deja que la paz del Señor te invada, y, con ella, siente en ti algo que no es tuyo pero que el Señor te da en abundancia: su amor, su sosiego, su plenitud, su armonía, su intimidad, su abrazo, su reconciliación, su salvación, su vida…, El mismo.

– DAOS FRATERNALMENTE LA PAZ

Como solemos hacer en cada uno de los temas, vamos a dedicar la segunda parte a iluminar nuestras vidas desde el Señor. Vamos a mirarnos a nosotros mismos como receptores y portadores de esa paz que El nos da, a fin de descubrir nuestros logros y carencias, en lo que a la vivencia del rito de la paz se refiere. Después, en un segundo momento, de nuestros logros haremos una oración de acción de gracias al Señor, y en nuestras carencias escucharemos su llamada a la conversión. De esta forma, la vivencia, cada día más auténtica y consciente, del rito de la paz contribuirá a que vivamos mejor y con mayor coherencia la Eucaristía.

  • Recibir la paz del Señor es recibir su salvación, es recibirle a El. ¿Qué significa para ti el rito de la paz? ¿Cómo lo vives? ¿Valoras adecuadamente sus dos momentos: la paz que te da el Señor por medio del sacerdote, y la paz que tú das a los demás; o el primer momento queda algo oscurecido por el segundo?
  • ¿Eres consciente de lo que se te da cuando se te da la paz del Señor? ¿Vas a la Eucaristía buscando la paz que sólo el Señor puede darte? ¿Sientes necesidad de esa paz? ¿La acoges con verdadero anhelo? ¿Hay “acuse de recibo”, por tu parte, cuando el sacerdote te la da?
  • No podemos comulgar a Cristo desde la des-comunión con los hermanos, pero la des-comunión con los hermanos hunde sus raíces en la des-comunión con uno mismo. ¿Hay paz en tu corazón? La paz es armonía, sosiego, gozo, plenitud, unidad… Lo contrario a la paz es la confusión, la dispersión, la división… ¿Está turbada tu paz? Si lo está ¿en qué está turbada? ¿Por dónde está rota y dividida tu vida? ¿Cuáles son las causas o razones de esa fractura interior? ¿Cómo has llegado a ella?
  • ¿Cómo repercute en tu vida personal la paz o la ausencia de paz que hay en tu interior? Si en nuestro interior hay paz, transmitimos al exterior sosiego, armonía, unidad, gozo, comprensión, perdón, amor… Si en nuestro interior no hay paz, exteriorizamos división, confusión, críticas, turbación… ¿Qué transmites tú hacia el exterior? ¿Qué crees que perciben en ti los demás? De acuerdo con las respuestas que te hagas, vuelve a preguntarte: ¿Hay paz en tu interior? ¿Qué aspectos, matices, rasgos o características de la paz (paz, sosiego, armonía, gozo, reconciliación, comprensión, perdón, amor…) necesitas que te dé el Señor para poder darlos tú a los demás?
  • Suele suceder que cuando vivimos una relación profunda con Dios mediante la oración, la escucha de la Palabra, la participación en la Eucaristía, la celebración del perdón…, nuestra vida se ve llena de paz y de armonía; y al revés, cuando se enfría nuestra relación con Dios se desequilibra nuestra paz interior. ¿Has notado si ocurre esto en ti?
  • Cuando no hay paz en tu corazón, ¿dónde la buscas? ¿Qué haces para alcanzarla? ¿Acudes al Señor? ¿Oras? ¿Le pides, no que te dé la paz, sino que te dé su paz?
  • Después de darnos la paz de Cristo resucitado, el sacerdote nos invita a darnos la paz unos a los otros. ¿Cómo das la paz en la celebración eucarística? ¿Intentas ser consciente del significado de lo que estás haciendo? Cuando das la paz a quienes tienes a tu lado, ¿en el fondo de tu corazón, haces extensivo ese gesto a todas las personas con quienes mantienes una cierta des-comunión?
  • Dar la paz es dar algo que no es mío, que no proviene de mí. No debe extrañarnos, por tanto, que no entendamos el perdón y la paz, y que, en ocasiones, nos cueste tanto perdonar: no es “cosa nuestra” sino de Dios. Por eso, en algún momento, dar la paz puede llegar a significar hacer algo a pesar mío; no por gusto personal sino por pura coherencia, por pura justicia, por pura fidelidad. ¿Eres consciente de que, después de recibir la paz de Cristo que te da el sacerdote, tienes cierta “obligación” de dar la paz a los demás? Cuando das la paz en la Eucaristía, ¿eres consciente de que no estás dando tu paz sino la paz que acabas de recibir, la paz de Cristo?
  • Aunque la paz que debes dar no es tuya ni proviene de ti, sí que debe estar en ti porque sólo la podrás dar en la medida en que esté en ti. La paz no puede pasar simplemente por nosotros sin tocarnos de lleno, sin “pacificarnos” …, porque no somos fríos administradores o meros distribuidores. Cristo es la autodonación del Padre en el Espíritu, y quien le acoge se convierte él mismo en autodonación (Cf. Lc 1,26-45.56). ¿Cómo haces tuya la paz de Cristo que te da el sacerdote? ¿Cómo te dejas atrapar por ella para poder después, no sólo darla sino querer darla como algo tuyo, como tú mismo/a, de corazón, aunque, en ocasiones, no sin dolor?
  • ¿Das la paz que da Cristo? ¿Das la paz como la da Cristo, no como la da el mundo? ¿A qué y hasta dónde te compromete la paz que das? ¿Alguna vez has sentido que el gesto de la paz estaba comprometiendo tu vida? ¿Alguna vez el gesto de la paz te ha “exigido” reconciliación y perdón? ¿Qué repercusiones tiene en tu vida familiar, en tu trabajo, en las relaciones personales, en tus conversaciones, en tus criterios, en tus decisiones…, la paz que, en la Eucaristía, te ha dado Cristo y que tú has dado a los demás?
  • ¿Cómo “andáis” de paz, de la paz de Cristo, en Asociación (Damas y Caballeros)? ¿En este momento está amenazada o herida? ¿Qué puedes hacer tú, qué debes hacer tú, para que en tu Asociación reine cada día más plenamente la paz de Cristo?

Respecto a la comunión que mantienes con los demás,  recuerda a esas personas, una a una, y gózate de la paz que hay entre tú y ellas. Después, pídele también que ilumine y clarifique tu vida respecto a la des-comunión que mantienes con algunas personas. Identifícalas, con nombres y apellidos… En la presencia del Señor, procura hacer silencio en tu corazón y escucha cómo, una y otra vez, El te dice: paz…, paz a ti…, toma mi paz…, te doy mi paz... Déjate llenar de su paz, déjate invadir por ella…; y cuando te sientas desbordado/a por ella, desde esa paz que el Señor te ha dado, empieza otra vez a recordar a esas personas con las que estás en cierta des-comunión…, míralas como el Señor las mira…, acércate a ellas, y, una a una, abrázalas de corazón y dales fraternalmente la paz.

Sin duda, todo esto te ayudará a vivir después la Eucaristía. El rito de la paz te recordará lo que has vivido en este estudio y reflexión…, y buscarás la paz de Cristo con ansia y necesidad…, y la recibirás gozosamente cuando el sacerdote te la dé…, y la darás a los demás con todo tu corazón, consciente de lo que das… y queriendo darlo de verdad…