La Eucaristía (X).
Joaquín Aguilar
ESTE ES EL CORDERO DE DIOS
– TOMAD Y COMED
Hemos invitado al Señor a quedarse en nuestra casa. Al calor del hogar, en un intento, no sólo de generosidad sino de amistad, de comunión y de intimidad, le hemos ofrecido el pan…, nuestro pan…, nuestro mejor pan; y en él nos hemos ofrecido nosotros mismos… Y El ha aceptado nuestra invitación. La verdad es que lo estaba deseando. Hizo ademán de seguir adelante, pero cuando le dijimos que se quedase no se hizo de rogar. Nosotros queríamos que se quedase, pero El lo deseaba aún más; y no sólo quedarse sino pertenecernos, hacerse uno con nosotros, estar completamente unido a nosotros, “fundido” a nosotros por el amor. La Historia de la Salvación no es más que eso: la autodonación de Dios en un intento constante de entrar en comunión profunda con los hombres.
Así se manifiesta en textos básicos y emblemáticos del A.T.: Moraré en medio de los israelitas, y seré para ellos Dios (Ex 29,45); Estableceré mi morada en medio de vosotros y no os rechazaré. Me pasearé en medio de vosotros, y seré para vosotros Dios, y vosotros seréis para mí un pueblo (Lv 26,11-12); …habitaré en medio de los hijos de Israel y no abandonaré a mi pueblo Israel (I Re 6,12-13); Sino que esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días —oráculo de Yahveh—: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Jer 31,33); Mi morada estará junto a ellos, seré su Dios y ellos serán mi pueblo (Ez 37,27); Grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti, oráculo de Yahveh. Muchas naciones se unirán a Yahveh aquel día: serán para mí un pueblo, y yo moraré en medio de ti. Sabrás así que Yahveh Sebaot me ha enviado a ti (Za 2,14-15). La profundidad de esta comunión es tal que, en multitud de pasajes se expresa en términos esponsales: No se dirá de ti jamás «Abandonada», ni de tu tierra se dirá jamás «Desolada», sino que a ti se te llamará «Mi Complacencia», y a tu tierra, «Desposada». Porque Yahveh se complacerá en ti, y tu tierra será desposada. Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios (Is 62,4-5); Entonces pasé yo junto a ti y te vi. Era tu tiempo, el tiempo de los amores. Extendí sobre ti el borde de mi manto y cubrí tu desnudez; me comprometí con juramento, hice alianza contigo —oráculo del señor Yahveh— y tú fuiste mía (Ez 16,8); Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón […] Y sucederá aquel día —oráculo de Yahveh— que ella me llamará: «Marido mío», y no me llamará más: «Baal mío» […] Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh (Os 2,16-22); Ve y grita a los oídos de Jerusalén: Así dice Yahveh: De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo; aquel seguirme tú por el desierto, por la tierra no sembrada (Jer 2,2).
En Cristo, Dios ha querido llevar esa comunión a plenitud mediante su total autodonación: se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,7-8); Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros» (Mt 1,23); Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros (Jn 1,14); Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios-con-ellos, será su Dios (Ap 21,3); Porque nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo (II Cor 6,16); Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14,23).
La comunión que Dios quiere vivir con nosotros es la misma comunión intratrinitaria: Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17,26); Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí (Jn 17,22-23). Las tres personas de la Trinidad son quienes hacen realidad esta comunión de Dios con nosotros: el amor de Dios (Cristo) ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5,5).
Por la Eucaristía, la total autodonación de Dios manifestada en la Encarnación y vivida hasta el extremo en el sacrificio de la cruz en busca de la plena comunión con el hombre, es siempre actual.
Dios desea, pues, la comunión, y para ello está dispuesto a llegar hasta donde sea necesario, a hacer lo que haga falta con tal de vivirla con nosotros… Está dispuesto incluso a hacerse comida. Por eso el Señor, sentado a nuestra mesa, toma nuestro pan y lo hace tan suyo… que lo hace El…; y nos lo da… dándosenos El. Nosotros queremos recibirlo, pero ¡cómo desea El dársenos!: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer (Lc 22,15). Nosotros queremos comulgarle, pero es El quien se nos da en comunión: tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: «Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza…» (Mt 26,26-28).
Este intenso deseo de Dios de entrar en íntima comunión con nosotros, de pertenecernos plenamente, de unirse vitalmente con nosotros en una entrega recíproca, en una comunión ofrecida y recibida, constituye el centro y la esencia de toda la celebración eucarística, y tiene en la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo su momento culminante. Todo lo vivido en la celebración hasta este momento: la convocatoria, el rito penitencial, la escucha de la Palabra, el credo, el ofertorio, la consagración, el padrenuestro, la paz…, todo va encaminado a esto: a que Cristo, en un inigualable gesto de amor, penetre como alimento en lo más profundo de nuestro ser, en la vivencia más plena de intimidad y de encuentro, y, desde esa profundidad, en vez de convertirse El en nosotros, como sucede con el alimento corporal, nos convierta a nosotros en El. De esta forma, el Espíritu Santo, que “materializó” la autodonación de Dios concibiendo al Verbo en el seno de la Virgen María, que actualiza y perpetúa en la Eucaristía esta autodonación definitiva de Dios en la Encarnación “cristificando” el pan y el vino en la consagración y convirtiéndolos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, hace realidad, por la comunión de ese Cuerpo y esa Sangre, nuestra comunión personal y de vida con Cristo, nuestra configuración con El, nuestro revestirnos de El, nuestra “cristificación”…, hasta el punto de poder decir con S. Pablo: vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20). Aquí quería ir a parar Jesús con los de Emaús; aquí quiere ir a parar en la Eucaristía.
Así es como “en el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina”. De alguna forma podemos decir que en la comunión eucarística, la Encarnación cumple su cometido: hacernos partícipes de la misma vida de la Trinidad.
La reflexión, estudio y oración sobre la comunión Eucarística tiene que estar forzosamente marcada por la fascinación, la veneración y la acción de gracias. El Misterio de Dios, encarnado en la persona de Cristo, penetra, por la comunión eucarística, en lo más profundo de nuestro ser. No se trata ya de que Dios se haga hombre; se trata de que Dios se hace yo, y yo soy hecho El. Contempla, alaba y bendice a Dios por este don que nos da, y del que participamos —muchas veces inconscientemente— cada día en la Eucaristía.
– ES CRISTO QUIEN VIVE EN MI
Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado (Lc 24,30-31).
Aquellos discípulos habían convivido largo tiempo con Jesús, habían sido sus cercanos, sus acompañantes, habían escuchado la explicación de las parábolas, habían recorrido con El los caminos polvorientos de Israel, y eran testigos de excepción de sus enseñanzas y milagros…, pero, de alguna manera, Jesús seguía siendo “otro” para ellos. Sin embargo, ahora que han comido el pan que les ha dado, ven todo con ojos nuevos, sienten no sólo arder su corazón sino que su corazón ya ardía antes, perciben que El “habita en lo más profundo de su ser, que respira en ellos, que habla en ellos, que vive realmente en ellos”. Pero… El ha desaparecido. Cuando se les ha hecho más presente es cuando se hace ausente, y es que “el misterio de la comunión más profunda con Jesús acaece en su ausencia”: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré (Jn 16,7); No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros (Jn 14,18-20); Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20). “Cuando comemos su cuerpo y bebemos su sangre, aceptamos la soledad de no tenerlo ya en nuestra mesa como compañero que nos consuela con su conversación y que nos ayuda a sobrellevar las pérdidas de nuestra vida diaria. Es la soledad de la vida espiritual, la soledad de saber que él está más cerca de nosotros de lo que jamás conseguiremos estarlo nosotros mismos. Es la soledad de la fe”; una soledad en compañía porque, aunque nuestros sentidos no lo puedan percibir, El está tan cerca de nosotros, tan en nosotros, que no somos nosotros quienes vivimos sino que es El quien vive en nosotros (Cf. Gal 2,20). Nuestras vidas se han transformado en la vida de El. Hemos sido configurados con Cristo, vamos siendo revestidos de El. El va siendo más en nosotros, y nosotros vamos siendo más en El. Somos hombres nuevos. “La comunión con Jesús significa hacerse igual a El”, y ello nos lleva a un nuevo ámbito de existencia, porque nuestra existencia ya no es la nuestra sino la de Cristo. Y la existencia de Cristo, fundamentada en el Padre, está marcada por su doble condición de Hijo y Hermano. Esta es nuestra nueva existencia: ser hijos en Cristo-Hijo, y ser hermanos en Cristo-Hermano.
Esta nueva existencia nacida de la Comunión está caracterizada por
- La alegría: Los discípulos de Emaús cambiaron radicalmente cuando el Señor partió el pan y se lo iba dando. Ahora se les ve despiertos, ilusionados. Han dejado atrás su talante cansino. Ya no hay pesimismo. La sensación de fracaso ha desaparecido. Ven todo con unos ojos nuevos. El largo y costoso camino que les trajo a Emaús se convierte ahora en un camino corto de regreso. En la narración evangélica se les adivina radiantes, alegres, gozosos. Todo sigue igual, todo es igual, pero ellos han cambiado.
¿Cómo te transforma la comunión eucarística de cada día? ¿Sientes brotar de ella, para ti, unos ojos nuevos con que mirar la vida…, tu vida…, la vida de quienes te rodean…, la vida del mundo? ¿Tu forma de ver las cosas, tu talante, tus posicionamientos, tus criterios…, son distintos de los de aquellos que no participan en la Eucaristía? ¿Cómo ves, desde la Eucaristía, las pasiones y las cruces —personales y ajenas— con que te encuentras en el camino?
¿Es la Eucaristía la fuente de tu alegría? ¿Cómo vas de alegría, de gozo, de ilusión? ¿Alguna vez planea sobre tu vida la sombra del pesimismo y del desánimo? ¿Cuándo? ¿Por qué?
- La pasión: Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Una antigua máxima reza así: “in medio virtus”. La virtud no está en el medio sino en la pasión, en el apasionamiento. El cristiano es un apasionado del Señor y de su proyecto. “No existe una vocación a la mediocridad espiritual”. En un discípulo no cabe la rutina, la frialdad, el desencanto, la inercia. Al tomar el pan que les daba el Señor, los dos discípulos de Emaús sintieron no sólo arder su corazón, sino que su corazón ardía incluso antes de reconocerle. En la Eucaristía, en la Comunión, el Señor también hace arder nuestro corazón y nos hace sentir cómo arde en multitud de ocasiones a lo largo del día, aunque no seamos conscientes de ello.
¿Eres un/a apasionado/a del Señor? ¿Al comulgar sientes arder tu corazón por El? ¿Vives las pequeñas cosas de cada día con pasión? ¿Pones todo tu corazón en lo que piensas, dices y haces? ¿Tu corazón encendido por la comunión del Señor te hace vivir apasionadamente tu vida de oración…, la celebración de los sacramentos…, la escucha de la Palabra…? ¿Tu corazón ardiente te hace buscar al Señor con más pasión?
¿Hasta qué punto y en qué medida se ha introducido la rutina y la inercia en tu vida?
- La comunidad: Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos. La configuración con Cristo, lejos de encerrarnos en un intimismo individualista nos abre a la nueva fraternidad. Nuestro ser hijos en el Hijo nos constituye en hermanos de todos los que son hijos en el Hijo, es decir, de todos los hombres. La nueva existencia de los discípulos de Emaús, nacida de la comunión del pan que les ha dado el Señor, les hace regresar a Jerusalén, a la Comunidad, a la Iglesia; les hace ser y sentirse Iglesia. La Eucaristía convierte nuestra lejanía en cercanía, nuestra cerrazón en apertura, nuestro individualismo personalista (nosotros esperábamos…) en comunión-comunidad.
¿Cómo alimenta la Eucaristía vuestra vida familiar/comunitaria/parroquial/asociativa? ¿Cómo contribuye a sacaros de vuestros personalismos, posturas cerradas, intransigencias, ideas fijas…? ¿Cómo contribuye la comunión eucarística a uniros más a lo/as demás, a aceptarles como son, a acogerlos, a quererlos…?
¿Encontráis en la Eucaristía las razones para superar las dificultades de la vida comunitaria y para vivirla con pasión y con gozo en el Señor?
¿Cómo os sentís unido/as a la Iglesia desde la comunión eucarística? ¿Cómo os ayuda a sentiros Iglesia, a sentiros más Iglesia, a sentiros esta Iglesia?
No es suficiente con que el Señor se nos dé en la Eucaristía buscando la comunión, el encuentro y la intimidad con nosotros. Es necesario que también nosotros le busquemos y le acojamos para ser conscientes de esa comunión, no sólo en la celebración sino también en la vida. Los de Emaús no se dieron cuenta de que su corazón ardía hasta que no tomaron el pan que les dio, y sin embargo su corazón había ardido realmente.
En el silencio de meditación y reflexión, considera y contempla todas estas cosas para sentir cómo el Señor, que vive en ti por la comunión eucarística de cada día, por un lado, te va haciendo vivir ya una existencia nueva, aunque no siempre seas consciente de ello, y por otro, te lleva a vivir esa nueva existencia como una exigencia nacida de la misma comunión con El.
Da gracias al Señor y pídele que la comunión eucarística de cada día haga arder más tu corazón y te empuje a vivir una vida nueva.
