La Eucaristía IV

  • Categoría de la entrada:Meditación
En este momento estás viendo La Eucaristía IV
Dios en mi casa

La Eucaristía (4).

Joaquín Aguilar

– CREO EN UN SOLO DIOS…

– CREO…

Para los dos discípulos de Emaús, la aparición de aquel desconocido que se les unió en el camino fue realmente providencial. Les habló de lo que ya sabían… y, sin embargo, les parecía que era la primera vez que lo escuchaban. Después de recriminarles su necedad y torpeza para creer, les hizo ver que sus tristezas, lamentos, desesperanzas, fracasos…, formaban parte de un proyecto mayor en el que se encerraba la alegría y la fiesta; que aquel fracaso, aquel padecimiento del Mesías, era necesario… Y les habló de “Gloria”… Y les hizo arder el corazón…

Pero no hubieran sido conscientes de esto si todo hubiese quedado en aquella conversación del camino; si no le hubiesen invitado a quedarse en su casa aquella noche.

            Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos (Lc 24,28-29). El no pide quedarse…; ni siquiera lo insinúa…; al contrario, hace ademán de seguir adelante. Pero ellos le insisten para que se quede…, le ofrecen su casa, su hogar… Y El acepta. Entra en la casa y se queda con ellos.

En el primer tema decíamos que es el Señor quien nos convoca, quien nos invita a la Eucaristía (toque de campanas); por eso nuestra asistencia se entiende, no como una iniciativa personal que brota de una apetencia, costumbre u “obligación”, sino como una respuesta a esta llamada e invitación. Es lo que hemos oído en multitud de ocasiones. Es lo que incluso cantamos alguna vez al comenzar la celebración: “Dios nos convoca, venid y escuchemos su voz…”. A lo que no estamos tan acostumbrados es a pensar en la Eucaristía como una invitación nuestra a Jesús para que se quede con nosotros. Jesús quiere ser invitado. El no dirá nada; ni siquiera lo insinuará y menos lo exigirá…, pero está deseando que le invitemos. De lo contrario seguirá su camino y continuará siendo un desconocido para nosotros; tal vez un desconocido muy especial con el que hemos mantenido una conversación muy interesante, pero un desconocido al fin y al cabo… Puede que, incluso, guardemos un recuerdo agradable de su compañía, de su conversación, de sus palabras iluminadoras y llenas de consuelo y esperanza…, pero nada más. Por muy interesante que sea una conversación, un encuentro con una persona, si no la invito a mi casa no ocurrirá nada; será una anécdota más entre las muchas que acontecen cada día. Sólo la invitación a quedarse en nuestra casa puede hacer que la relación iniciada sea una relación duradera; que la buena noticia que hemos escuchado produzca frutos que permanezcan; que el encuentro que hemos vivido se convierta en una relación profunda y transformadora.

Uno de los momentos más decisivos de la Eucaristía es el de la invitación. Después de haber escuchado su Palabra llena de ánimos, de esperanza, de luz; portadora de buena noticia y de “ardor” para nuestro corazón, podemos despedirnos amigablemente y hasta desearnos lo mejor, o podemos decirle: “Por favor, quédate. Entra y toma posesión de tu casa. Mira cómo vivo”.

Invitarle es:

  • Abrir de par en par nuestro corazón al Señor y dejarle entrar.
  • Desear que se quede con nosotros.
  • Perder todos nuestros miedos a ser conocidos tal y como somos.
  • Confiar y entregarse a El en cuerpo y alma.
  • Dejar que penetre hasta lo más recóndito de nuestro ser.
  • Dejarse conocer hasta los sentimientos y pensamientos más íntimos.
  • Mostrarle ese rincón de nuestra casa que tanto nos esforzamos por mantener cerrado.
  • Permitir que nos vea tal y como somos.
  • No tener ningún secreto para El.
  • Dejar que toque nuestros puntos más vulnerables.
  • No tener miedo a que conozca nuestra fragilidad y nuestros puntos más débiles.
  • Mostrarle lo que hacemos, decimos y pensamos.
  • Buscar y querer su amistad.
  • Querer conocerle y desearle, no como compañero accidental en el camino sino como amigo permanente de viaje.

Cuando, después de las lecturas y de la homilía, decimos “Creo en Dios Padre… Creo en Jesucristo… Creo en el Espíritu Santo…, en la Santa Iglesia Católica, en la Comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”, estamos invitando a Jesús a que se quede. El Credo es nuestra respuesta a las Palabras que Jesús nos ha dirigido por el camino. Decir “Creo…” es mucho más que aceptar una doctrina. Es una profesión de fe, o lo que es lo mismo, es un acto de confianza. Es decir “sí” a Dios que nos ha hablado en y por su Hijo Jesucristo. Es acoger sus palabras y su Palabra. Es acoger su Persona. Es la entrega de nuestras vidas a El. Es decirle: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado».

Si no hay invitación a quedarse no tiene demasiado sentido continuar la celebración, porque no puede haber Eucaristía. El seguirá su camino y nosotros seguiremos encerrados en nuestra casa. No habrá encuentro, ni intimidad, ni amistad, ni comunión. Y todo seguirá igual que antes.

El Credo es la invitación, el ruego insistente para que el Señor se quede. Y cuando decimos: “Creo…”, el Señor acepta la invitación…, y entra en casa…, y se sienta a la mesa…, y de invitado se convierte en anfitrión…, y como tal nos invita a entrar en comunión con El. Cuando decimos: “Creo…”, comulgamos realmente a Cristo, hecho alimento en el pan de la Palabra.

Con mucha paz, y con una actitud de adoración y respeto, de veneración y acogida, recita pausadamente el Credo sintiendo cómo tus palabras son un “sí” al Señor, una respuesta a su Palabra, una invitación a que entre en tu casa y se quede. Invítale…

Porque anochece ya, porque es tarde, Dios mío,
porque temo perder las huellas del camino,
no me dejes tan solo y quédate conmigo.

Porque he sido rebelde y he buscado el peligro
y escudriñé curioso las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor, y quédate conmigo.

Porque ardo en sed de ti y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa, bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde! ¡Quédate al fin conmigo!

Siente cómo acepta tu invitación… Acógele… Escúchale… Acompáñale… Vive una verdadera comunión y goza de este encuentro con el Señor que, una vez más, ha aceptado quedarse en tu casa.

En tu reflexión de este mes, haz también una súplica al Señor: que en la Eucaristía de cada día se haga realidad tu invitación y su aceptación a quedarse en tu casa.

– QUEDATE CON NOSOTROS

El momento en que nos encontramos —comienzo del año 2000— es verdaderamente un tiempo muy especial. Los 2000 años del nacimiento de Cristo son motivo para “proclamar un año de gracia del Señor”, en el que el protagonismo corresponde a la Divina Providencia. Por eso el Papa, ante el Gran Jubileo del año 2000, dirigió una mirada de fe no sólo a la historia del hombre a lo largo de estos dos milenios —en especial a este segundo, y muy particularmente al último siglo—, sino a la intervención y presencia divina en todos los acontecimientos[1].

En el tema de este mes hemos hablado de la invitación que debemos hacer al Señor para que se quede en nuestra casa, como condición para vivir una verdadera comunión vivificadora y transformadora con El en la Eucaristía, porque “en el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina”. El Señor se nos ha unido en nuestro camino… Sus palabras han dado una nueva luz a nuestra existencia… Le hemos invitado, suplicado, insistido para que se quede en nuestra casa… El ha aceptado nuestra invitación y se ha sentado a la mesa junto a nosotros en la intimidad de nuestra casa, de nuestro hogar… Qué mejor ocasión que esta para, en el primer cuarto del tercer milenio, dirigir una mirada de fe a toda nuestra vida, con la pretensión de ver no sólo la trayectoria de nuestras existencias sino también, y sobre todo, la intervención y presencia divina en las mismas.

Pero en primer lugar hemos de preguntarnos si estamos dispuestos a invitarle a que entre en nuestra casa. En la primera parte del tema veíamos todo lo que supone y significa esta invitación.

  • ¿Estamos dispuestos a acogerle y a permitir que entre en lo más profundo e íntimo de nosotros mismos? ¿Deseamos que se quede con nosotros… o que continúe su camino? ¿No será un invitado demasiado incómodo?
  • ¿Queremos que nos conozca tal y como somos? ¿Le permitiremos que ponga el dedo en nuestras llagas, en nuestros puntos más vulnerables? ¿Vamos a abrirle esos espacios que tanto nos esforzamos por mantener cerrados?
  • ¿Estamos dispuestos a no tener ningún secreto con El, a que deje de ser un extraño y se convierta en nuestro más íntimo amigo? ¿Confiamos verdaderamente en El y estamos dispuestos a confiarle todo nuestro ser?

Cada celebración eucarística encuentra su razón de ser en el cumplimiento de la Redención, es decir, del: tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3,16-17); En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (I Jn 4,9); Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15,13); habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13,1). Pero este no es un episodio anclado, como tantos otros, en el pasado de nuestra historia, sino un acontecimiento vivo, actual y operante, porque yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20) y porque “en el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina”. Hoy como ayer, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5,5).

  • ¿Cuándo recuerdas haber sentido en tu vida ese amor de Dios? ¿Qué momentos, en qué acontecimientos, a través de qué personas, has podido palpar, experimentar, gustar ese amor? ¡Cuánto te ha amado Dios a lo largo de tu vida! ¿Has pensado qué habría sido de ti si no hubieses sentido y sabido que Dios te amaba así?
  • ¿De qué formas ha llegado a ti ese amor de Dios? ¿Alguna vez lo ha hecho en forma de cruz? ¿Hasta qué punto esas cruces te desconcertaron y confundieron en su momento, y qué camino has recorrido hasta descubrir que eran signo y expresión de su amor?
  • ¿Cómo han influido decisivamente en tu vida esas experiencias del amor de Dios, tanto las que se te han presentado en forma positiva y gozosa como las que han llegado hasta ti en forma de cruz? ¿Cuáles han servido para cambiar el rumbo de tu vida? ¿Cuáles fueron decisivas para tu vocación?

Sin lugar a dudas, esas manifestaciones del amor de Dios han encontrado en ti multitud de respuestas… de amor.

  • Concreta junto al Señor esas respuestas tuyas de amor empezando por tu consagración. No se trata de alimentar tu orgullo y soberbia sino de acrecentar tu amor al Señor recordando cuánto le has amado a lo largo de tu vida como respuesta a lo mucho que te ha amado El.

Decíamos en la primera parte que la profesión de fe es nuestra respuesta a la Palabra que nos ha dirigido el Señor, nuestro “sí”, nuestra invitación a quedarse, nuestra entrega incondicional a El. Pero nuestra vida no siempre ha estado en consonancia con esa profesión de fe que con tanta reiteración hemos hecho. A pesar de lo que, con convicción, hemos dicho y repetido, muchas veces no hemos invitado al Señor a quedarse en nuestra casa y hemos dejado que siguiera su camino; muchas veces le hemos perdido y nos hemos perdido nosotros. Centrándote no sólo en el pasado sino también en el presente:

  • ¿Has mirado a Dios como un Padre? ¿Le has amado con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser? ¿Cómo ha sido tu relación con El en la oración?
  • ¿Ha habido otros dioses en tu vida? ¿Tal vez tú mismo: tu “ego”, tu orgullo, tus ideas, tu pereza, tu sensualidad…? ¿Quizás las cosas materiales, o el dinero, o el mundo con sus ofertas tentadoras, o alguna otra persona…?
  • ¿Has vivido en coherencia con tu condición de hijo/a de Dios? ¿Tu relación con El ha estado marcada por la confianza filial o por el miedo? Hablar de filiación conduce a hablar de fraternidad. ¿Cómo han sido tus relaciones con los demás? ¿Has sido hermano/a de todos? ¿Has tratado a todos como hermanos? ¿Has sido comprensivo, paciente, servicial, generoso con ellos? ¿Les has amado sin pedir nada a cambio? ¿Les has perdonado como Dios te ha perdonado a ti?
  • ¿Has sido consciente de la abundancia de dones, regalos y bendiciones que Dios te ha dado a lo largo de tu vida: padres, familia, Bautismo, Eucaristía, Confirmación, perdón de tus pecados, personas que te han ayudado y acompañado en el camino, medios para tu formación, tiempos para la oración, Retiros, Ejercicios Espirituales…? ¿Tu vida ha estado en consonancia con este “derroche” de gracias?
  • ¿Has sido suficientemente agradecido/a al Señor por el amor que, en Cristo por el don del Espíritu, ha derramado abundantemente en tu corazón, de mil y una formas a lo largo de toda tu vida? ¿En tu vida ha habido la alegría, la esperanza y la ilusión propias de quien ha sido amado por Dios? ¿Has dudado alguna vez de que Dios te amaba? ¿En qué momentos te ha invadido la tristeza, la desesperanza y la negatividad, y qué causas las han motivado?
  • ¿Tu vida es suficientemente un canto de alabanza al Señor?

Has invitado al Señor a que se quede en tu casa… El ha aceptado tu invitación y se ha sentado a la mesa junto a ti en la intimidad de tu casa, al calor de tu hogar… Vive con gozo y alegría este encuentro con El en cada Eucaristía, hablándole de ti y escuchando las palabras de amor que brotan de su boca.

Inmersos de lleno en el tercer milenio del nacimiento del Hijo de Dios, hoy sigue siendo el tiempo de la gracia, hoy es el día de la salvación (II Cor 6,2).