La Eucaristía V

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Pan de vida

La Eucaristía (5).

Joaquín Aguilar

– BENDITO SEAS, SEÑOR, DIOS DEL UNIVERSO…

 QUE RECIBIMOS DE TU GENEROSIDAD Y AHORA TE PRESENTAMOS…

Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan… (Lc 24,28-30).

Una invitación que se limitara a “entrar en casa” y no llevase incluida “mesa y mantel”, tendría más visos de ser un desprecio, una descortesía y un gesto falto de educación que una auténtica invitación. Los discípulos de Emaús invitaron a aquel desconocido a quedarse. Fue una invitación sincera por la autenticidad de los deseos (le rogaron insistentemente / le forzaron diciéndole…) y por el contenido de la invitación (la mesa / el pan).

El pan es esa masa de harina y agua que, fermentada y cocida al horno, constituye la base principal de la alimentación del hombre. Pero el pan es también un nombre genérico con el que se designa el sustento y la vida digna del ser humano, ganados honradamente con el sudor de la frente: Con el sudor de tu rostro comerás el pan (Gen 3,19). El pan es el trabajo del obrero, del agricultor y del ama de casa, la alegría de la recolección de la cosecha y el desgarro de su pérdida por las inclemencias del tiempo, la satisfacción de una vida digna fruto del esfuerzo personal y familiar, la injusticia del trabajo mal remunerado, la explotación y la impotencia de los débiles, la alegría de la abundancia y las lágrimas de la escasez, la solidaridad con los que no tienen, las manos encallecidas y las arrugas de los rostros envejecidos por el paso de los años, el gozo y el dolor, la vida y la muerte de cada día… El “pan” del que hablamos es mucho más que un simple mendrugo; tiene corazón…, y entrañas…, y pasión…, y ternura. Ese “pan” es sacramento del ser humano, su prolongación, su expresión. Todavía existe la costumbre en el medio rural de obsequiar con “especies”, en señal de agradecimiento y amistad. Dar dinero podría resultar un gesto humillante y frío con pretensiones de ser el pago de un justiprecio, sin embargo dar un conejo “que los criamos en casa”, o unos huevos “que son de corral”, o un vino “que lo elaboró mi padre”, o unas verduras “que las cultivo yo en el huerto”, o unos dulces “que los hace mi mujer”…, son expresión de una generosidad sin límites, de un tirar la casa por la ventana en honor del invitado, de una manifestación de aprecio y agradecimiento muy por encima del valor material de aquello que se da; porque, en aquello que se da, se está dando uno mismo con todas sus circunstancias. Lo más humano que hay en un hogar es ese “pan”; lo más valioso que se puede ofrecer en una invitación es ese “pan”, porque es un “pan” con corazón…: somos nosotros mismos. Cuando invitamos a alguien a sentarse en nuestra mesa y le ofrecemos nuestro “pan”, le estamos dando lo mejor que tenemos, lo máximo que le podemos dar; nos estamos dando a nosotros mismos. Porque, en realidad, al obsequiar al invitado queremos darle algo más que pan o comida; queremos darnos a nosotros mismos y hacernos intimidad, amistad, unión, comunión con él. Por eso, la mejor respuesta a nuestro ofrecimiento es la aceptación por parte del invitado. Entonces nuestra alegría es grande porque vemos realizada esa intimidad, esa unión, esa comunión.

Los discípulos de Emaús invitaron a aquel desconocido a quedarse en su casa y se sentaron con él a la mesa y le ofrecieron su pan… Nosotros, en la Eucaristía, después de haber invitado al Señor a quedarse en nuestra casa (Credo) tras la conversación mantenida por el camino (Liturgia de la Palabra), también le ofrecemos nuestro “pan” y nuestro “vino”: “Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan (este vino), fruto de la tierra (de la vid) y del trabajo del hombre…”. Las palabras que pronuncia el sacerdote mientras ofrece el pan y el vino hablan por sí mismas. Ese pan y ese vino trascienden su propia materialidad. Además de harina amasada con agua y mosto fermentado, son el trabajo, el esfuerzo, la honradez, los desvelos, el gozo, el dolor, la vida… de toda la humanidad. De este modo, la pequeñez de un trozo insignificante de pan y de un escaso sorbo de vino adquiere dimensiones personales y universales insospechadas.

Pero esta universalidad no diluye, anula o difumina la comunidad que está celebrando la Eucaristía; al contrario, ella, sus personas, su trabajo de cada día, sus vidas, son la primera concreción de esa universalidad de significado de las especies del pan y del vino. El sacerdote y, con él, toda la asamblea, se ofrecen a sí mismos en ese pan y ese vino, porque si bien es verdad que en la celebración eucarística “todos los miembros no tienen la misma función”, no es menos verdad que “es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra”, ya que “en la celebración de la Misa, los fieles forman la “nación santa, el pueblo adquirido por Dios, el sacerdocio real” para dar gracias a Dios y ofrecer no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, la víctima inmaculada, y aprender a ofrecerse a sí mismos”.

Sentados a la mesa de nuestro hogar le ofrecemos al Señor nuestro “pan” y nuestro “vino”… Conviene reparar en algunos detalles más de la oración que pronuncia el sacerdote en el ofertorio: “…fruto de la tierra (de la vid) y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos…”. Ese pan y ese vino que ofrecemos al Señor, nuestro “pan” y nuestro “vino”, no son tan nuestros… Antes de ser el fruto de nuestro trabajo son fruto de la tierra y de la vid. El pan y el vino, con ser nuestros, reconocemos que nos son dados, que son un don “que recibimos de tu generosidad”, “que has sido tú, y no nuestro poder, quien nos ha dado fuerza para crear las riquezas de la tierra”. Estamos ofreciendo a Dios lo que él nos ha dado, enriquecido con nuestro trabajo, esfuerzo, sudor, afecto, cariño…; enriquecido con nosotros mismos. El pan y el vino, nuestro “pan” y nuestro “vino”, son, pues, obsequio y ofrenda al tiempo que agradecimiento.

Sentados a la mesa de nuestro hogar le ofrecemos al Señor nuestro “pan” y nuestro “vino”; lo más entrañable de nosotros; nosotros mismos.

En cierta ocasión, un niño pasó a depositar su ofrenda en una celebración eucarística. El sacerdote le preguntó: –“¿Esto lo has preparado tú?”

El niño le respondió: –“No”.

–“Entonces no lo quiero”, le dijo el sacerdote.

El niño se volvió apesadumbrado hacia su banco. Pero, antes de que se alejase demasiado, el sacerdote le llamó: –“¿Tal vez lo han preparado tus padres?”

–“Sí”, contestó el niño.

–“Entonces si que lo quiero”, concluyó el sacerdote.

  • En las Eucaristías en que participas ¿te conformas con que el sacerdote ofrezca el pan y el vino? ¿Vas a la celebración con tu “pan” y tu “vino” preparados?
  • ¿Qué hay de ti en ese pan y en ese vino que ofrece el sacerdote? ¿Qué “pan” y qué “vino” tuyos has ofrecido al Señor en la última Eucaristía que has celebrado?
  • ¿Obsequias al Señor con tu mejor “pan” y con tu mejor “vino”?

Haz de la reflexión, estudio y oración sobre esta primera parte del tema un nuevo encuentro con el Señor, que ha aceptado quedarse en tu casa y se ha sentado a tu mesa al calor del hogar. Ofrécele tu mejor “pan” y tu mejor “vino”, y goza de la compañía de tan entrañable invitado.

EL SERA PARA NOSOTROS PAN DE VIDA / BEBIDA DE SALVACION

Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando (Lc 24,30).

Los discípulos de Emaús han invitado al compañero de camino a entrar en su casa. Sentados a la mesa le ofrecen su pan, el mejor de la despensa. Y eh aquí que el invitado toma el pan y se convierte en “invitador”, en anfitrión. Ellos, los anfitriones, son ahora los invitados. De repente se han cambiado los papeles. Y El les ofrece su “Pan”. Ha tomado el pan que ellos le han ofrecido y ahora lo ofrece El, pero no como el pan de ellos sino como “su Pan”. La hospitalidad de los discípulos se ve desbordada por la del Señor; la generosidad de aquellos por la de éste. El pan que ellos le han ofrecido es ahora un Pan distinto…, es “su Pan”…, es El: «Yo soy el pan de la vida […] Yo soy el pan vivo, bajado del cielo […] y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo» (Jn 6,48-51). Su Pan es abundante: Tomó entonces los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo a la gente. Comieron todos hasta saciarse. Se recogieron los trozos que les habían sobrado: doce canastos (Lc 9,16-17). Es un Pan capaz de saciar toda el hambre: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed» (Jn 6,35). Ese Pan es fuente y origen de una vida que no se acaba: «Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre» (Jn 6,49-51).

Ha ocurrido algo maravilloso. El ha aceptado y ha hecho suyo el obsequio de los discípulos, de tal forma que, en una perfecta comunión, se ha identificado con él; y ahora el obsequio es El, y, como tal, se ofrece a los discípulos invitándoles a vivir con El, la misma comunión que El vive con ellos. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él (Jn 6,56). El nuevo anfitrión, al dársenos como Pan, nos invita a la intimidad, a la amistad, a la comunión más profunda con El.

“…él será para nosotros pan de vida / bebida de salvación”

El sacerdote, después de presentar a Dios el pan y el vino con todo lo que ellos simbolizan, concluye sus palabras afirmando con rotundidad y anunciando que vamos a vivir la misma experiencia de Emaús: de anfitriones e “invitadores” pasaremos a ser invitados, porque aquel pan y aquel vino nuestros los hará suyos el Señor y los convertirá en pan de vida y bebida de salvación. El pan dejará de ser pan para convertirse en su Cuerpo, y el vino dejará de ser vino para convertirse en su Sangre.

Pero el pan que hemos ofrecido al Señor y que El ha tomado y ha hecho suyo hasta identificarse con él, es algo más que harina amasada con agua, y el vino algo más que mosto fermentado. En ese pan y en ese vino —decíamos en la primera parte— está nuestra vida, nuestro trabajo, nuestros sudores, nuestras alegrías y nuestras penas… En ese pan y en ese vino estamos nosotros. Esto significa que también el Señor hace suyas nuestras personas y nuestras vidas, y en, por y con el pan y el vino nos va identificando, nos va configurando con El, nos va “consagrando”, nos va cristificando, nos va haciendo ser El y El va siendo en nosotros. Como si de la encarnación se tratase, en la Eucaristía el Señor va “tomando cuerpo” en nosotros, en nuestras personas y en nuestras vidas; se va encarnando, como en María —no biológicamente, como en ella, sino pneumáticamente—; y ello, por obra del Espíritu Santo. Así lo pedimos al Padre en la epíclesis, antes de la consagración: “Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti, de manera que sean Cuerpo y Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro…”. Dada la condición creatural, peregrina y pecadora del ser humano, la celebración continuada de la Eucaristía, por nuestra parte, encuentra aquí su razón de ser: ofrecernos nosotros y nuestras “circunstancias” al Padre para ir siendo configurados, día a día, con Cristo por el Espíritu, y ser Eucaristía con y en Cristo-Eucaristía, es decir, ofrenda al Padre y entrega oblativa a los hermanos, en la vivencia de una filiación y fraternidad como la suya.

Este es el maravilloso intercambio que acontece en cada Eucaristía: el pan y el vino que hemos ofrecido, nos son devueltos, convertidos ahora en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Pero, ¡cuidado!, el intercambio no debe terminar ahí. Nosotros, nuestra persona, nuestra vida, estamos llamados a formar parte de ese intercambio, de esa consagración, de esa cristificación. Para ello es necesario que no nos conformemos con que el sacerdote ofrezca el pan y el vino, sino que, en ese pan y en ese vino, ofrezcamos al Señor nuestro “pan” y nuestro “vino”…, lo mejor de nosotros…, nosotros mismos. De lo contrario la Eucaristía será Eucaristía del Señor, pero nosotros no habremos sido “Eucaristía” en El, porque habremos sido meros espectadores pasivos.

La Eucaristía constituye, así, la fuente, el centro y la meta de nuestra vida peregrina, porque “en el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina”. Cristo es nuestra Vida, y esa Vida se nos ofrece en forma de Pan: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (Jn 6,53-55). La celebración y participación en la Eucaristía, para un cristiano, no es, pues, algo opcional sino vital.

  • ¿Cómo vives esta iniciativa del Señor en la Eucaristía, por la que se convierte en anfitrión y se te da El mismo como alimento? ¿Valoras suficientemente este maravilloso milagro? ¿Cómo influye en ti la rutina impidiéndote ser consciente de este don que te hace el Señor? ¿Cómo ves, desde aquí, desde esta perspectiva, tus distracciones en la Eucaristía?
  • ¿Eres consciente de que la transformación y conversión de tu vida pasa necesariamente por ofrecerte sincera y generosamente al Señor en la Eucaristía? ¿Crees de verdad que tu conversión es un don del Señor y no el fruto de un esfuerzo heroico tuyo?
  • ¿Cómo te ha ido configurando el Señor con El a lo largo de tu vida? ¿En qué detalles de tu persona, de tu vida, de tu actuar, de tu pensar, de tu forma de hablar…, se puede percibir esta obra que el Señor ha realizado ya en ti?

En la oración y reflexión de esta segunda parte abandónate a la consideración de este maravilloso intercambio que hace el Señor en la Eucaristía desde el pan y el vino; desde nuestro “pan” y nuestro “vino”. Procura saborear, en el silencio y la quietud de la oración y de la reflexión, lo que muchas veces se te escapa en la celebración eucarística debido a las preocupaciones, al sueño o a la rutina. Da gracias al Señor por su reiterada invitación a pesar de nuestras muchas pasividades y presencias ausentes en la Eucaristía.

Que el encuentro con el Señor, en el marco de todas estas consideraciones, despierte en ti un deseo cada vez mayor de hacer de tu persona y de tu vida, en cada Eucaristía, una ofrenda generosa y agradable al Padre por Cristo en el Espíritu, para que, al igual que el pan y el vino, seas cristificado/a y vivas tú, pero no seas tú, sino Cristo quien vive en ti (Cf. Gal 2,20).