La Eucaristía (7).
Joaquín Aguilar
ESTO ES MI CUERPO / ESTA ES MI SANGRE
– CUERPO ENTREGADO / SANGRE DERRAMADA
Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando (Lc 24,30)
Así de sencillo, así de cotidiano, así de humano: tomar el pan, bendecirlo, partirlo y darlo. ¿No hemos vivido este gesto en nuestras casas cuando nuestro padre tomaba la hogaza de pan, hacía la cruz en ella con la punta del cuchillo, la partía y nos la daba a todos los de la mesa? Eso es la Eucaristía, un gesto sencillo, cotidiano, familiar, humano. Y sin embargo es un gesto diferente: es sencillo, pero al mismo tiempo nos desborda, es cercano, pero al mismo tiempo es un misterio, es humano, pero al mismo tiempo es divino.
Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: «Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados» (Mt 26,26-28)
Un gesto tan sencillo y humano se ha convertido en la máxima expresión y presencia de lo divino. El anfitrión es el Señor y él es también la comida; quien invita es al mismo tiempo el banquete. Porque Cristo es eso: Dios-con-nosotros, Dios-para-nosotros, Dios-en-nosotros.
En la Eucaristía Cristo se nos da todo entero, en abundancia, con derroche y con absoluta generosidad. Cuerpo partido y entregado…, Sangre derramada… Es la máxima expresión del dar, del amar: darse. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15,13). Es lo que Cristo iba a hacer al día siguiente y que ahora anticipaba de forma incruenta y sacramental en la última Cena, pero también es lo que Cristo había hecho durante toda su vida. El gesto de Jesús no sólo anticipaba su pasión, muerte y resurrección, sino que actualizaba, hacía presente y culminaba lo que había sido toda su existencia terrena: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13,1).
Y realmente, la vida de Jesús fue un permanente partirse, entregarse y derramarse para la salvación de todos.
- Se entregó, en primer lugar, a cumplir la voluntad del Padre. Esta fue su actitud como Hijo ante la encarnación: al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo -pues de mí está escrito en el rollo del libro- a hacer, oh Dios, tu voluntad! (Hb 10,5-7). A los doce años ya era consciente de ello: «¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lc 2,49). Repetidas veces lo manifestó a lo largo de su vida pública: Yo no puedo hacer nada por mi cuenta… porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me ha enviado (Jn 5,30); porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado (Jn 6,38); «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).
- El resto de su vida fue eso mismo: un continuo partirse, entregarse y derramarse…
- Dándose a todos hasta el punto que no les quedaba tiempo ni para comer (Mc 6,31), y tenía que dedicar las noches a la oración y al diálogo con su Padre: Por el día enseñaba en el Templo y salía a pasar la noche en el monte llamado de los Olivos (Lc 21,37); Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí (Mt 14,23); Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios (Lc 6,12).
- Viviendo una pobreza radical hasta el punto de no tener donde reclinar la cabeza (Mt 8,20).
- Curando a todos los oprimidos por el Diablo (Act 10,38), y a los enfermos, de toda clase de dolencias: A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba (Lc 4,49).
- Acogiendo a los pecadores y comiendo con ellos (Lc 15,2; Mc 2,15); hospedándose en sus casas con las consiguientes críticas de todos: Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador (Lc 19,1-9).
- Perdonando a los pecadores: Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados» (Mt 9,2); Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados» Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?» Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Lc 7,49-50); Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más» (Jn 8,10-11); muy especialmente a Pedro: y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor, cuando le dijo: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces» Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente (Lc 22,61-62).
- Soportando pacientemente la incredulidad y dureza de corazón de la gente: se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle» Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros?» (Mt 17,14-17), y especialmente de sus discípulos: Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6,67); sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» Pero volviéndose, les reprendió (Lc 9,54-55); El les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!» (Lc 24,25).
- Haciéndose servidor de todos: «…el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28).
- Amando con el mismo amor con que le ama el Padre: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros (Jn 15,9).
- Todo esto tuvo su culminación en la cruz. Allí vivió en plenitud:
- Su fidelidad al Padre: obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,8).
- Su amor a los hombres: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13,1); porque nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn 15,13).
- Su perdón: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
- Su partirse y derramarse: pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana (Is 52,14).
- Su entrega: «Todo está cumplido» (Jn 19,30); «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46).
Este entregarse, partirse y derramarse, que Jesús vivió a lo largo de toda su vida y culminó después en la cruz, acontece (“memorial”) cada vez que el sacerdote, que actúa “in persona Christi” y no como un narrador de oficio, invoca la efusión del Espíritu Santo y repite las palabras y los gestos de Jesús en la última Cena; de tal forma que, en cada celebración de la Eucaristía, Cristo es para ti Cuerpo partido y entregado, y Sangre derramada, como culmen de su entregarse y derramarse por ti cada día.
¿Por qué no intentas, a la luz del encuentro con el Señor en el estudio, la reflexión y la meditación, tomar conciencia de los momentos de tu vida, además de la Eucaristía, en los que Cristo es para ti, Cuerpo partido y entregado, y Sangre derramada, como lo fue a lo largo de su vida? Concreta esos momentos y gózalos dando gracias al Señor por su amor a ti hasta el extremo. Pídele luz para tocar, sentir y palpar su entrega en el día a día, y así poder acogerle y vivir tú también entregada más plenamente a El.
– HACED ESTO EN MEMORIA MIA
En la última Cena, bajo las especies del pan y del vino, Cuerpo partido y entregado, y Sangre derramada, Jesús nos dejó el memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección, culmen de una vida partida, entregada y derramada por nuestra salvación. Y les dijo a sus discípulos: haced esto en recuerdo mío (Lc 22,19). Haced esto, no se refiere solamente al gesto litúrgico de la consagración del pan y del vino para su conversión en Cuerpo de Cristo partido y entregado, y en Sangre de Cristo derramada; haced esto se refiere además a toda una vida partida, entregada y derramada por los demás, como lo fue la de Cristo. Por eso Jesús no se conformó con dejarnos en la especie del pan su Cuerpo partido y entregado, y en la del vino su Sangre derramada. Quiso, además, en la misma Cena, partirse, entregarse y derramarse de forma palpable y real: sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena […] se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido (Jn 13,1-5). Y, del mismo modo que después de darles a comer su Cuerpo y a beber su Sangre les recomendó: haced esto en recuerdo mío (Lc 22,19), también ahora les dijo: vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros (Jn 13,14-15); Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros (Jn 13,34).
En la Eucaristía hemos ofrecido el pan y el vino. Ese pan y ese vino, decíamos, son algo más que harina amasada con agua y mosto fermentado. En ese pan y en ese vino estamos nosotros, nuestras vidas, nuestras personas, que, con ellos, hemos ofrecido a Dios para que, por el Espíritu Santo, seamos configurados con Cristo…, cristificados…, hechos Cristo…, y por El, con El y en El seamos también nosotros cuerpo partido y entregado en su Cuerpo partido y entregado, y sangre derramada en su Sangre derramada. Pero, al igual que Cristo, sólo podemos ser cuerpo partido y entregado, y sangre derramada si, en el día a día, nos partimos, nos rompemos, nos entregamos y nos derramamos por los demás; si “lavamos los pies” a los demás como El lo hizo; si nos amamos los unos a los otros como El nos amó. Porque durante su vida, Cristo se partió, se entregó y se derramó por los demás, pudo decir en la última Cena esto es mi Cuerpo que será entregado…, esta es mi Sangre que será derramada… Haced esto en recuerdo mío significa no sólo el mandato de celebrar el memorial de su Pasión en la celebración eucarística, sino, desde ella y hacia ella, vivir un permanente ser, en Cristo, “lavadores de los pies” de los hermanos.
Como un don de Dios, en el pan y el vino, que son “nuestro” pan y “nuestro” vino, hemos sido “consagrados”, configurados con Cristo, convertidos —en Cristo— en cuerpo partido y entregado, y en sangre derramada. Pero este don se convierte para nosotros en tarea: tenemos que rompernos, partirnos, entregarnos y derramarnos por los demás, como Cristo, en el día a día de nuestra vida, siendo “lavadores de pies” y amando a los demás como El nos ha amado. De este modo, Cristo, en nosotros y a través nuestro, sigue siendo Cuerpo que se entrega y Sangre que se derrama… La Eucaristía no es sólo la celebración litúrgica sino también el lavatorio de los pies y el mandamiento del amor. Por eso, nuestra configuración con Cristo pasa por la celebración eucarística y, desde ella, por nuestra entrega a los demás “lavándoles los pies” y amándoles como Cristo nos amó. De este modo vamos siendo cristificados y, sin dejar de vivir nosotros, es Cristo quien vive en nosotros (Cf. Gal 2,19-20).
Al invitar al Señor a entrar en nuestra casa, sentados a la mesa le ofrecíamos nuestro pan en un intento de darnos a nosotros mismos y hacernos intimidad, amistad, unión, comunión con él. El Señor tomaba nuestro pan y, convirtiéndose en anfitrión, nos lo devuelve, ahora, como su Pan, invitándonos a vivir la misma comunión e intimidad que vive con nosotros; una comunión e intimidad tales que nos convierten en El, para ser, en El, con El y como El, Eucaristía, es decir, ofrenda agradable al Padre, y entrega y oblación a los hermanos.
- ¿Qué incidencia tiene la Eucaristía en tu vida? ¿Cómo influye en tu forma de relacionarte y de tratar a los demás, la Eucaristía en la que participas y que celebras cada día o cada semana? ¿Vives una conexión entre la celebración y la vida? ¿Sientes cada mañana la llamada del Señor a ser cuerpo partido y entregado, y sangre derramada por los demás? ¿Sientes que cuando te partes, te entregas, te derramas por los demás, continúas celebrando la Eucaristía, estás viviendo la Eucaristía, estás siendo Eucaristía?
- ¿En qué momentos eres “lavador/a de los pies” de los demás? ¿Lo haces de buena o de mala gana? ¿Tomas la iniciativa o tienen que mandártelo? Cuando “lavas los pies” a los demás ¿lo haces en memoria suya? ¿Sientes a Cristo en ti lavando los pies cuando tú los “lavas”, partiéndose en tu partirte, entregándose en tu entregarte, rompiéndose en tu romperte, derramándose en tu derramarte… por los demás?
- Desde la Eucaristía ¿sientes la necesidad de amar a los demás como Cristo te ama? ¿Sales dispuesto/a y decidido/a a amar porque Cristo te ha amado? ¿Qué te mueve a amar a los demás, la necesidad que hay dentro de ti de amar y de entregarte, o la necesidad que tienen los demás de que les ames?
Toda la vida de Cristo fue Eucaristía, ofrenda al Padre y entrega a los hermanos. Toda nuestra vida está llamada a ser, en Cristo, una Eucaristía. Sintiendo la compañía del Señor, contempla desde la paz y la quietud de la reflexión, del estudio y de la oración, los muchos momentos del día que son una oportunidad de ser y vivir la Eucaristía. Junto a El y con su ayuda, descubre los muchos momentos del día en que eres Eucaristía. Reconoce también aquellos que deben serlo y no lo son. De cualquier forma, toma tu vida y, como si del cáliz y la patena se tratara, ponla bajo la mirada de Dios y dile: “Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos”.
