La Eucaristía VIII

  • Categoría de la entrada:Meditación
En este momento estás viendo La Eucaristía VIII
Rezar

La Eucaristía (8).

Joaquín Aguilar

 FIELES A LA RECOMENDACIÓN DEL SALVADOR

– MEMORIA Y ANTICIPO

La Eucaristía se sitúa en tensión entre la primera y la segunda venida de Cristo. Es memoria de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, de la redención del género humano, y al mismo tiempo es anticipo de su plena realización escatológica en Cristo, cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo (I Cor 15,28); es actualización de la última Cena y primicia del banquete del Reino. Esta tensión alcanza su cenit en la doxología que cierra la Plegaria Eucarística, donde, en un “ya pero todavía no”, “El Espíritu Santo, que llena el universo y que, teniendo todas las cosas unidas, sabe todo lo que se dice, recoge todo lo que, en el mundo, es para Dios y está destinado al Padre, pros ton Patera; él ata la gavilla en una alabanza cósmica, por, con y en Cristo, en quien todo tiene su consistente (Col 1,15-20)”[1]. Todo lo que “ya” está sometido a Cristo y todo lo que está destinado a estarlo, en un verdadero anticipo de la plenitud escatológica, por El, con El y en El, en la unidad del Espíritu Santo, es ofrecido para honor y gloria del Padre.

En nuestro itinerario por la Eucaristía de la mano del relato de Emaús, hemos vivido un proceso de “sometimiento” a Cristo, de configuración con El, de cristificación de nuestras personas y, con ellas, de nuestra vida y de nuestro entorno. Haciendo memoria de la última Cena del Señor hemos anticipado su plenitud escatológica. En este marco, desde el “ya” de los tiempos escatológicos, el Padrenuestro, pronunciado por quienes van siendo configurados con Cristo y desde su configuración con Cristo, se convierte en el “ya” de todo lo que en él se pide al Padre, como un verdadero anticipo de la plenitud del Reino, en que Dios será todo en todo.

En este nuevo capítulo de formación sobre la Eucaristía, vamos a orar el Padrenuestro, no como petición y súplica para ver hecho realidad cuanto en él decimos, sino como afirmación, proclamación y acción de gracias, porque, en la Eucaristía, vivimos, como anticipo y actualización, la primicia de su plena realización escatológica. Pero, como en toda oración, lo vamos a hacer por Cristo, con El y en El: primeramente porque solo por Cristo, con El y en El vemos hechas realidad todas las peticiones del Padrenuestro, pero sobre todo porque nuestra oración es oración en la oración de Jesús.

Configurados con Cristo que, sentado a la mesa, al calor de nuestro hogar, ha tomado el “pan” que le hemos presentado como signo de nuestro ofrecimiento y de nuestro darnos, en un intento de comunión, intimidad y amistad, y lo ha hecho tan suyo que, a su vez, nos lo ha ofrecido como sí-mismo invitándonos a la comunión con El; desde su ser-Hijo, como hijos en el Hijo, nos dirigimos a Dios y podemos decirle: Padre. Así comenzamos el Padrenuestro. Qué hermosa es esta palabra. “Te llamaré Padre, porque la palabra me sabe a más amor”, reza el himno de vísperas del miércoles de la segunda semana. Realmente es una palabra hermosa; lo era en labios de Jesús y lo es en los labios de millones de personas que, reunidos en torno a la mesa del Señor, se dirigen cada día a Dios con esa confianza filial. Por eso decimos también “nuestro”. “Nuestro” quiere decir de todos, de quienes lo invocan junto a nosotros, de quienes lo invocan lejos de nosotros y de quienes no lo invocan. “Nuestro” quiere decir también, no que nos pertenece sino que le pertenecemos, porque está dentro de nosotros y nosotros estamos entrañados en El; que entre El y nosotros hay cercanía, intimidad, calor, regazo. Pero decir “Padre nuestro” significa algo más. El sentido filial plural denota fraternidad. “Nuestro” quiere decir que somos hermanos. Configurados con Cristo, en El nos dirigimos al Padre diciéndonos todos hijos y hermanos. Es verdad que esta realidad fraterno-filial sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas…, pero no es menos verdad que llegados a este momento de la Eucaristía, como memoria de la filiación-fraternidad de Cristo en la cual hemos sido insertados, y como anticipo de su plenitud escatológica, podemos decir con toda propiedad: “Padre nuestro”.

A renglón seguido decimos: “que estás en el cielo”. Junto a la cercanía y proximidad afirmamos la distancia, que no la lejanía. Este Dios que es Padre nos desborda, no lo podemos atrapar, es Misterio. Decir “que estás en el cielo” es invitar a la adoración, al silencio, a la postración, a la fascinación, al abandono…, porque Dios es Misterio. Decir “que estás en el cielo” es también reconocer que ese es nuestro destino en nuestra condición de hijos de ese Padre “que estás en el cielo”.

Tras la advocación introductoria en la que nos situamos y le situamos, se suceden siete peticiones que, en nuestro caso, vamos a contemplar como afirmaciones, proclamaciones y acción de gracias, porque, en la Eucaristía, vivimos, como anticipo y actualización, la primicia de la plena realización escatológica de cuanto se pide en el Padrenuestro:

  • Santificado sea tu nombre… Porque, a pesar del rechazo de Dios por parte de nuestra sociedad, son muchos los que le proclaman como el sólo Santo…, y le adoran, y le respetan, y le bendicen…; y le alaban como Dios y Creador, origen y meta del hombre, fuente y plenitud de la vida y de la felicidad…; y le dan gracias… Al decir “Santificado sea tu nombre”, estamos diciendo “Santificado es tu nombre”.
  • Venga a nosotros tu Reino… Desde aquellos que consagran su vida al servicio de los pequeños, los débiles y los desfavorecidos; desde los que no se dejan arrastrar por el consumismo de esta sociedad y abrazan voluntariamente la pobreza compartiendo, por amor, lo que tienen y lo que son con los demás; desde los que, en un mundo que vive en la mentira, cultiva la apariencia, cuida las formas e idolatra la imagen, consagran su vida a la Verdad y son fieles a ella; desde los que viven coherentemente su fe; desde la multitud de limpios de corazón; desde los que construyen la paz comenzando por ser pacíficos; desde aquellos que sufren sin perder la alegría y la esperanza; desde los que perdonan de corazón las ofensas de los demás; desde todas las personas que de forma manifiesta o implícita llaman a Dios Padre, pero de forma explícita viven y tratan a los demás como hermanos…; cuando decimos “venga a nosotros tu Reino”, estamos diciendo “tu Reino ya ha venido a nosotros”.
  • Hágase tu voluntad… No son pocos los que, con los defectos y debilidades propios de nuestra condición humana, que nos llevan, aún sin quererlo (Cf. Rom 7,15-25), al pecado y a la infidelidad, se sitúan cada día en la presencia del Señor para decirle: Aquí estoy para hacer tu voluntad (Cf. Hb 10,9; Sal 40,8-9)…; y hacen lo que Dios quiere…; y quieren lo que Dios hace, porque no se dejan guiar por la lógica de sus razonamientos sino que miran todo desde la profundidad y perspectiva de Dios. Desde la fidelidad de Cristo, obediente al Padre hasta la cruz, y desde la de todos aquellos que cada día escuchan la voluntad de Dios y la cumplen, cuando decimos “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, en realidad estamos dando gracias a Dios porque “tu voluntad ya se está haciendo en la tierra como se hace en el cielo”.
  • Danos hoy nuestro pan… No es fácil decir “danos hoy nuestro pan de cada día” sin sentir el clamor de los millones de personas que en la era de la informática y de la IA mueren de hambre o que carecen de lo necesario para llevar una vida digna. El pan, veíamos en un tema anterior, tiene una dimensión vital y humana que trasciende la materialidad de la harina amasada con agua. Y son muchos los que no tienen el “pan” de cada día. Pero no es menos cierto que, desde el silencio de la ausencia en los medios de comunicación, son muchos los cristianos y no cristianos, creyentes y no creyentes que, recibiendo su “pan” de cada día, lo comparten con los demás en un gesto, cuantitativa y humanamente insuficiente, pero, desde la perspectiva de la fe, cualitativamente abundante y desbordante porque derrocha fraternidad y amor (Cf. Mc 6,34-44). Tampoco es menos cierto que cada día Dios nos da nuestro “pan”: nos regala la vida, conserva la naturaleza para nosotros, derrama abundantemente su amor de mil y una formas; pero sobre todo nos da su Pan, el Pan de la Eucaristía. Por eso, al decir “danos hoy nuestro pan de cada día”, con humildad y no sin dolor, estamos diciendo: gracias Padre porque “hoy nos das nuestro pan de cada día”.
  • Perdona nuestras ofensas… Desde las víctimas del terrorismo y la violencia que perdonan a sus verdugos o a los de sus seres queridos; desde aquellos que, de forma menos llamativa, no llevan cuentas del mal que les hacen, y devuelven bien por mal; desde los que perdonan setenta veces siete los pequeños y, aparentemente insignificantes, roces de cada día; desde quienes al comenzar la celebración nos hemos reconocido pecadores ante nuestros hermanos y les hemos pedido perdón…; podemos decir, no con orgullo malsano sino con humildad agradecida, “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
  • No nos dejes caer en la tentación… Muchas son las tentaciones que continuamente nos acechan: el individualismo, el orgullo, la autoafirmación frente a Dios, el subjetivismo religioso, el relativismo moral, la manipulación interesada de Dios, el materialismo consumista, la seducción del tener, el atractivo del poder… Pero cada día son más las personas que, de forma consciente y decidida, y desde la fe en Cristo Jesús, se mantienen fieles a Dios sin sucumbir a tanto atractivo deslumbrante y engañoso. Por eso, al mismo tiempo que pedimos a Dios “no nos dejes caer en la tentación”, le estamos diciendo: gracias Padre porque “no has permitido que caigamos en la tentación”.
  • y líbranos del mal. La última petición del Padrenuestro no se refiere al mal sino al Maligno, al Príncipe de este mundo (Jn 14,30). Es una petición que está amparada y apadrinada por el propio Jesús en su oración sacerdotal: No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno (Jn 17,15). Por eso, sin dejar de ser una petición, es ya una acción de gracias porque la oración de Jesús siempre es escuchada por el Padre: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado» (Lc 11,41-42). Por eso también nosotros le damos gracias porque “siempre nos libras del mal”.

En el estudio y reflexión de esta primera parte, ora tu propio Padrenuestro como acción de gracias, desde las múltiples realizaciones que constatas en tu vida, y que esta oración te haga sentir y gustar las primicias del Reino que ya está entre nosotros.

– NOS ATREVEMOS A DECIR

Pero “todavía no” está todo sometido a Cristo. Por eso el Padrenuestro es fundamentalmente una oración de petición, porque todavía andamos peregrinos hacia el Padre y aún estamos lejos de poder afirmar como realizado cuanto en él se pide. En Cristo, el Padre nos ha dado ya todo cuanto suplicamos en el Padrenuestro, pero este don se convierte para nosotros en tarea; en la tarea de aceptar, acoger, asumir y trabajar para que este don sea una realidad en nosotros. Por eso, rezar el Padrenuestro es un verdadero atrevimiento, no sólo porque nos sitúa ante el misterio insondable de Dios, sino porque constatamos que no siempre somos fieles a la tarea que debemos realizar como respuesta al don que Dios nos hace en Cristo Jesús. Si el Padrenuestro es la oración de quienes han ofrecido al Señor su “pan” ofreciéndose a sí mismos en él para que ser configurados con El, y, desde esa configuración, por Cristo, con El y en El, pueden dirigirse al Padre, hemos de reconocer que todavía hay mucho “pan” que no ha sido puesto en la patena para ofrecerlo al Señor que se ha sentado a la mesa con nosotros al calor de nuestro hogar; que todavía hay muchas realidades personales y colectivas desde las que no podemos llamar a Dios “Padre”, y menos aún “nuestro”; que necesitamos apremiantemente orar el Padrenuestro no sólo para pedir a Dios que nos dé —que ya nos lo ha dado en Cristo— sino también, y sobre todo, para pedirle que nos haga darnos a nosotros y entregarnos a la tarea de ver hecho realidad un mundo en el que podamos decir con toda propiedad: “Padre nuestro”.

Desde esta indigencia, desde esta necesidad y desde esta tarea, oramos de nuevo al Padre:

  • Padre nuestro que estás en el cielo… Cuando dices “Padre” ¿en qué podría reconocer Dios que eres hijo/a suyo/a y en qué no podría reconocer que lo eres? Cuando dices “nuestro” ¿en qué podría reconocer Dios que eres hermano/a de tus hermano/as, hermano/a de los demás, y en qué no podría reconocerlo? ¿Hasta dónde puedes decir “Padre nuestro” y desde dónde no “deberías” decirlo porque no vives como hijo/a ni tratas a los demás como hermanos?

Tu vida, tus criterios, tus aspiraciones, tus pensamientos, tus palabras, ¿son los propios de quien tiene como meta y destino el cielo junto al Padre?

  • Santificado sea tu nombre… Santificar el nombre de Dios no es sólo algo que hemos de hacer personalmente, sino algo que hemos de procurar que hagan los demás. Más aún, los demás santificarán el nombre de Dios en la medida en que vean que nosotros lo santificamos. Cristo, que es la manifestación de la gloria del Padre (Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad [Jn 1,14]; Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo […] el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia… [Hb 1,1-3]) y la más plena expresión de su glorificación (Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar [Jn 17,4]), da a conocer a los hombres el nombre de Dios: Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17,26)

¿Con el testimonio de tu vida, con tus palabras, con tu fraternidad… contribuyes a que los demás, viéndote, santifiquen el nombre de Dios? ¿Tu vida es una santificación y glorificación del nombre de Dios? ¿En qué lo es y en qué no lo es? Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,16).

  • Venga a nosotros tu Reino… El Reino de Dios es un don suyo, pero también es una tarea nuestra. Pedir a Dios que venga su Reino significa, por nuestra parte, estar dispuestos a trabajar, fundamentalmente, para que no haya obstáculos que impidan su irrupción e implantación entre nosotros.

¿Qué facilidades y qué obstáculos pones para vivir la filiación divina, la fraternidad, la preferencia y prioridad de los pequeños, de los débiles y de los que sufren, la opción por los valores del Reino?

De las cosas que sueles hacer cada día, ¿cuáles obstaculizan y cuáles posibilitan la llegada del Reino? ¿Cómo contribuyes a que el Reino crezca en tu familia, en tu movimiento, en tu Asociación (de Damas o Caballeros); qué haces en concreto?

  • Hágase tu voluntad… ¿Alguna vez te ha sido muy difícil y muy costoso decir “hágase tu voluntad…”? ¿Hay algo ahora en tu vida que te hace decir “hágase tu voluntad…” con la boca pequeña?

Hacer la voluntad de Dios no es sólo hacer lo que El quiere sino querer lo que El hace. ¿Con qué cosas, acontecimientos, adversidades…, te has encontrado a lo largo de tu vida, y te ha costado aceptarlas como voluntad de Dios?

Hacer la voluntad de Dios es un camino de cruz, no porque Dios esté empeñado en fastidiarnos, sino porque es la mayor expresión de nuestra fidelidad y aceptación sincera de esa voluntad (Cf. Hb 5,7-8; Flp 2,8). ¿Con qué talante y espíritu vives la cruz de la obediencia y fidelidad a lo que Dios quiere de ti?

¿Oras pidiendo conocer y discernir la voluntad de Dios, y demandando su ayuda para poder cumplirla?

  • Danos hoy nuestro pan… ¿Das gracias a Dios por el “pan” de cada día (Yo pasé junto a ti y te vi agitándote en tu sangre. Y te dije, cuando estabas en tu sangre: «Vive», y te hice crecer como la hierba de los campos [Ez 16,6-7]; Todos ellos de ti están esperando que les des a su tiempo su alimento; tú se lo das y ellos lo toman, abres tu mano y se sacian de bienes. Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras tu soplo, y expiran y a su polvo retornan. Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra (Sal 103,27-30); en él vivimos, nos movemos y existimos [Act 17,28]; “que has sido tú, y no nuestro poder, quien nos ha dado fuerza para crear las riquezas de la tierra”[2])?

¿Qué “pan” tuyo deberías compartir mejor con los demás? ¿Qué personas concretas esperan de ti que les des de tu “pan”? ¿Qué “pan” esperan concretamente? ¿Algunas veces dejas para mañana el “pan” que deberías dar hoy a algunas personas?

¿Agradeces y vives suficientemente agradecido/a al Señor por el Pan de la Eucaristía que te da cada día?

  • Perdona nuestras ofensas… Nuestro perdón a los demás tiene su fundamento en que Dios nos ha perdonado primero, pero la continuidad de su perdón depende de que nosotros perdonemos: «Siervo malvado, yo te perdoné a ti toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?» Y encolerizado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano (Mt 18,32-35); Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas (Mt 6,14-15).

Difícilmente puede brotar el perdón de nuestra lógica y de nuestros sentimientos. ¿Cuántas veces te pones ante el Señor en el sagrario y le pides el don del perdón?

Sin pensar en grandes y graves enemistades, ¿hay alguien a quien debas perdonar algo y no lo has hecho todavía? ¿Guardas rencor a alguien, o no lo aceptas como es, o tienes envidia de cómo es?

  • No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. ¿Cuáles son tus tentaciones más frecuentes? ¿Por qué caminos y que propuestas te hace el Maligno?

¿Cómo luchas contra esas tentaciones? ¿Recurres a la oración?

¿Ante qué tentaciones sucumbes más fácilmente?

¿Ves en las tentaciones un camino de purificación y de afianzamiento de tu amor y fidelidad a Dios?

  • ¿Cuántas veces rezas el Padrenuestro sin ser consciente de que hablas con Dios, y sin saber lo que estás diciendo?

Como en el pasaje de Emaús, el Señor está sentado a tu mesa, y tras aceptar tu invitación, te invita El y te ofrece su Pan. En su compañía y al calor de este encuentro, desde tu indigencia, desde todas estas exigencias y necesidades, ora de nuevo al Padre y dile: “Padre nuestro que estás en el cielo…”.